Empecé haciendo una lista de cosas que odiaba, quizás así surgía algo interesante. Y me di cuenta que no le declararía la guerra a ninguna persona que haya conocido, me limito a detestar algunas actitudes, por ejemplo una embarazada que pide a gritos un asiento apenas sube al colectivo, una clienta que le grita a la cajera, cuando hablan en el cine o el profesor que había dicho “voy a tomar ideas generales” te pregunta sobre un pie de página.
Declarar la guerra y odiar, requiere demasiado esfuerzo, como cuando sos chica y tenés un grupo de amigas, pero todos sabemos que las minas desde chicas somos complicadas, eso del grupo de amigas en realidad es dos más dos que se juntan con dos, que se llevan bien con otras dos y se complotan cada tanto para criticar a todas las demás. O así era en mi colegio, colegio de monjas por supuesto. Cuna del conventillo. Decidir empezar a odiar a alguna, era un dolor de cabeza, porque te tenías que dejar de hablar con su mejor amiga, y convencer a todas las demás para que se te unieran y llevaran tu bandera de guerra. Empezaba el recreo y era una pelea casi a la altura de la batalla final por la destrucción de Mordor.
Y a mí nunca me gustaron esas batallas, las frases que iban y venían, el “ella dijo que vos dijiste que ella te contó”, no eran para mí. Siempre traté de mantenerme al margen de todo eso. Básicamente por dos razones: alguien que le declara la guerra a alguien, si lo atrapa, lo tiene que hacer su esclavo, dejarlo libre o matarlo, o en nuestro caso, seguir viéndose todos los días en clase. Y no estaba segura que opción tomaría. Además de que debía conseguir un ejército poderoso y no contaba con uno.
Antes que la guerra, prefería el exilio, retirarme en buenos términos y probar mejor suerte con otras compañías. Muchos dirán que eso es madurez, y acá llegamos al punto ¡Lo encontré! Ya sé que odio con toda mi alma; la frase “sos madura para tu edad”. Frase espantosa si las hay, y que me han repetido a lo largo de mi vida profesores, compañeros, amigos, parejas, todos llegan a la misma conclusión: “sos madura para tu edad”. Y ahora, ya próxima a los 23 años, se complementa con “sos adulta”.
Si hay algo peor que la palabra “madura” es la palabra “adulta”. Es una mala palabra. Los adultos viven corriendo, trabajan, estudian, duermen poco, están cansados, tienen poca paciencia y muchas responsabilidades. Esa hubiese sido mi definición de adulto muchos años atrás. Esperen… Yo vivo corriendo, trabajo, estudio, duermo poco, estoy cansada y tengo poca paciencia. La puta madre, creo que soy adulta.
Así que además de “madura para mi edad”, ahora soy “adulta”. Convergen en mi persona dos malas palabras. Pero no soy la única que detesta esto de la adultez que se viene, muchos odian cumplir años, que para mí no es más que una variante a esta crisis y al problema de esas dos malas palabras.
Da vértigo si se piensa mucho, pero por suerte no soy de esas personas que piensan mucho, por lo menos trato de no hacerlo. Creo que pensar demasiado hace que te choques con paredes imaginarias, mientras que ir sintiendo y palpando hace que te golpees con paredes reales, quizás más dolorosas, pero por lo menos no son creadas por uno mismo. Cuando das con una de éstas, te golpeás la cara, pero en realidad te duele todo el cuerpo. Parece muy alta para saltarla y muy dura para golpearla, pero recordás que cada pared tiene su punto débil. Encontrarlo puede ser trabajo en equipo, puede venir de algunos consejos de personas que tuvieron una pared con características similares enfrente y te ayudan a encontrar el ladrillo hueco que es más fácil de romper. O quizás la respuesta esté en una escalera, el típico “piecito” que te hacían tus amigos para agarrar la pelota que quedó en el árbol.
Había dicho antes que para declarar la guerra había que tener en cuenta dos cosas, qué hacer con el enemigo capturado, y tener un buen ejército. Ya tomé una decisión con respecto a la primera cuestión, en caso de guerra, decido liberar a mis prisioneros, voy a destruir los calabozos de mi castillo y convertirlos en piezas muy bien equipadas para huéspedes ocasionales. Y con respecto a mi ejército, después de varios años de andar y pelear codo a codo, puedo decir que tengo uno fijo y muy bien equipado. Cada uno de mis soldados son expertos en distintos temas, algunos son geniales sacando sonrisas, otros en curar heridas amorosas, otros hábiles bailarines, cinéfilos, alcohólicos, reflexivos, grandes lectores, en fin, tengo mi retaguardia bien cuidada. Separados cada uno es el mejor en su tema, juntos, son magia.
Así estoy más segura y lo desconocido no da tanto vértigo, las dos malas palabras no las odio tanto, y tengo un as en la manga por si alguien decide declararme la guerra, o necesito ayuda para saltar o romper otra pared.
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