Su cabeza era un caos, por eso amaba entrar en ella. Un laberinto de recuerdos y emociones cruzadas, bosques impenetrables. O como una laguna, que de lejos parece tranquila y poco profunda, pero una vez que metes el pie, todo se desdibuja, y de repente estás en una tormenta en medio del mar. Si en realidad me detengo a pensar, nunca pude meter más que el pie, porque me dio miedo, y porque él no me dejó. Sabíamos que corría el riesgo de ahogarme, mala mía, nunca aprendí a nadar.
Ahogarse no significa morirse, pero sí asfixiarse. A veces le tenemos más miedo a lo que conocimos que a lo que no. Esa sensación de estar en una burbuja, que te falte el aire, que el corazón se te acelere y te den ganas de vomitar. Mirar para todos lados en busca de una salida y sentirse capaz de romper todo a tu alrededor para huir y poder respirar de nuevo. Claustrofobia.
Te das cuenta cuando te cruzás con una persona así, estamos siempre cerca de la puerta para escapar en caso de emergencia, no nos gusta que todas las miradas recaigan en nosotros ni que la gente se amontone a nuestro alrededor. Tampoco los anillos ni las formalidades y en cierto sentido somos como los gatos, que a veces no saben qué hacer con el cariño y empiezan a rasguñar al dueño.
Me abrió la puerta y pasé tímidamente, hizo una seña con la mano y se fue a la cocina, quizás me había invitado a sentarme en el sillón. Dudé, quizás sólo había dicho “esperame acá”. Me quedé sola en el comedor, con una mano en el picaporte y la otra en el bolsillo. Pero pasaba el tiempo y me sentía estúpida tan cerca de la puerta y en la misma posición.
Suspiré y me saqué el saco, todavía parada en el mismo lugar. Vino y me trajo un vaso de coca.
-Si la pensábamos mucho, no la hacíamos.
-Está bueno no pensar tanto.
Me alejé de la puerta y me senté.

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