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jueves, 29 de agosto de 2013

Dimensiones paralelas


            Cuando tenía 15 años me tocó cursar con una profesora dinosaurio. Ésas que fueron profesoras de padres de alumnos y de profesoras jóvenes y no tan jóvenes. Ésas que en 50 años no cambian su modelo de enseñanza, las que entran al salón en punto, caminan lentamente hacia el escritorio, abren el libro de actas, lo firman, y todo eso, sin que vuele una mosca. Sí, todos sabemos lo que es una profesora dinosaurio, esas que responden al estereotipo de maestra que nunca falta, intachable, arreglada y por qué no, carente de ideas.

Este tipo de profesoras sarmientistas están en todas las disciplinas, biología, lengua, historia y por qué no, matemática. Ahora, cuando están al frente de una materia humanística específicamente, se me revuelve el estómago. Quizás no sea su culpa, quizás cuando fueron a aprender aquello que en su momento debió gustarles, que es enseñar y educar, no les explicaron que repetir como loros no es una buena forma de aprender. Pero eso no es justificativo alguno, porque si hay algo que tienen las profesoras sarmientistas, es tiempo  enseñando. Años y años y años y años ¿Nunca nadie les dijo que los alumnos no estaban aprendiendo nada? ¿Nunca se frustraron con el silencio en clase? ¿Nunca les molestó que nadie preguntara nada?
Se ve que no.
La profesora dinosaurio me tocó en Historia Social General. Vino con su libro de manual que todos compramos, se paró frente a la clase de 35 adolescentes y con voz monocorde comenzó a recitar hoja tras hoja, semana tras semana, en un año en el que muchos odiaron Historia. Probablemente lo que todos recuerden sea lo mismo que recuerdo yo, que la Guerra Fría fue una guerra armamentística y que la Belle Epoque fue un período previo a la Primera Guerra Mundial. Gracias por todo, fin de año, pasaron de grado.
Lo que nadie olvidaría nunca sería la forma de evaluar, pruebas extensas en las que se levantaba a firmar cada hoja en blanco antes de que empezáramos a escribir y lecciones orales todas las clases ¿Algún fin pedagógico como sacarle el miedo a hablar en público a sus jóvenes estudiantes? No, el único fin era repartir unos y hacernos sufrir.
-¿Cómo va a ser esto? ¿Usted va a ir llamando?
-No, pueden ir pasando ustedes ¿Quién quiere pasar?
Si alguien alguna vez se preguntó cómo hacer callar a un grupo numeroso de chicos en un salón, es con esa pregunta.
-Bueno, ya que no pasa nadie, pasá vos que preguntaste.
En esos momentos hasta las risas se vuelven mudas. Anotado como lección de vida: no hacer preguntas estúpidas. Después de esa segunda clase nadie  más habló, nunca. Así que la dinosaurio adoptó otro método, más doloroso y despiadado, sí, todavía más que el dedito acusador. Ahora involucraba un poco de suerte a la elección.
-Bueno, son 35 en la lista, vos, decime un número del 1 al 35.
-36.
Fue demasiado, carcajada general. Y si, pobre chica, nadie sabe cómo reacciona la gente en un momento de tensión.
-Perdón, digo 35.
-¡Silencio! Bueno, vos, decime otro número.
-¿2?
-Perfecto, y vos, decime otro número.
-7.
-Entonces, 35 dividido 2 más 7. Da 24, 5; y como redondeo para arriba da 25, la persona número 25 de la lista es…
Qué pesadilla.
Después del primer trimestre ya todos sabían quién se la llevaba a Diciembre y quién no. Y fue por esas épocas que se esparció un rumor, al parecer la dinosaurio era fiel creyente del dicho “hazte la fama y échate a dormir”. Lo que habían pensado iba más allá del copiarse con el libro abierto escondido entre las piernas y el banco, más allá que calcarle la firma para deslizar una hoja ya escrita con respuestas, lo que pensaron mis compañeros, fue un verdadero acto de rebeldía. Uno de los mejores alumnos, con mucho que perder a esa altura del año, decidió escribir en medio de una larga respuesta sobre el nazismo un pequeño comentario futbolístico. Se sacó un 8. Teoría comprobada. Fue en ese momento en el que descubrimos que además de pedirnos recitar de memoria, con comas y puntos incluídos, no leía lo que escribíamos.
Pese a todo esto, cuando nos juntamos todavía la recordamos con cariño, como esa persona que no nos enseñó nada de historia pero nos dio un par de anécdotas divertidas para recordar cuando estamos en grupo. A los que nos interesó la Historia seguimos carreras  humanísticas o compramos libros por nuestra cuenta, riéndonos de todos los pobres que tuvieran que cursar con ella.
No sabemos bien que pasó, si ella cambió, si los chicos cambiaron, o fue el tiempo. Pero al parecer la dinosaurio habría perdido sus poderes mágicos; ya no habría silencio cuando entra al salón, y ya nadie le tendría miedo ¿Habremos sido nosotros los responsables? ¿Se habrá filtrado lo del resumen del partido de fútbol en la prueba? Difícil saberlo en realidad. Lo que sí  sabemos es que cuando ella se dio cuenta que perdió el poder, se jubiló y se fue.
Mi hermano llegó a tenerla un trimestre, le advertí cómo eran las cosas pero no me escuchó. Quizás pensó que no era en serio porque cuando me enteré que la iba a tener, me reí mucho en su cara y le dije que se preparara, quizás no fui muy convincente. Se sacó un 4 en una prueba y fue una de las notas más altas, así que cuando la dinosaurio preguntó si alguien quería dar oral para levantar la nota, muchos tuvieron que pararse y empezar a recitar. 
Con los años, este tipo de situaciones en las que están todos en silencio esperando no ser llamados no se repitió con frecuencia, no de una manera lo suficientemente traumática como para ser escrita. Hasta la semana pasada. Podría establecerse una analogía entre un call center, donde estamos todos sentados respondiendo las consultas de los clientes de una determinada empresa de telecomunicaciones, y un salón de clases.
Cuando sabés que están haciendo reducción de personal y ves al supervisor caminar de una punta a la otra del piso, pensás que es la dinosaurio eligiendo a quién va a preguntarle sobre la Guerra Civil Española.

Espero que no sea a mí, no me acuerdo qué decía el manual sobre Franco, y no quisiera equivocarme en las frases exactas que tendría que decir para aprobar.


domingo, 18 de agosto de 2013

Microhistorias de colectivo

De Avellaneda hasta allá 1 hora mínimo, por las dudas salgo con una hora y cuarto de anticipación, ir con los minutos contados no hace bien al estrés propio de esta situación.
Con el tiempo descubrí que cuando estoy llegando tarde, es imposible no mirar la hora a cada minuto, pero aún así, con toda la telekinesis de la que soy capaz, no puedo hacer que el colectivo vaya más rápido. E inclusive, existe la posibilidad de que se active la ley de Murphy, esa que dice: “cuando estás llegando tarde, alguien corta la avenida principal, el bondi para en todas las esquinas o agarra todos los semáforos en rojo”.
En este horario no hay mucha gente viajando, la tarde es más para dormir la siesta, mirar telenovelas o estar encerrado en el trabajo, sea oficina, local de ropa o un kiosco. Yo, que estoy en la parada, miro hacia arriba y le sonrío al sol primaveral en invierno. No se si mi estación favorita se adelantó para que no caiga en una depresión de chocolates o el calentamiento global cada vez es más fuerte y mis nietos se van a derretir cuando salgan de picnic.
No sé, y no voy a amargarme al respecto, creo que no lo puedo cambiar demasiado ¡Hay tanta confusión! Que separemos la basura, que cerremos el agua cuando nos cepillamos los dientes. Sí señor vestido de verde, todo eso lo hago, pero las papeleras se multiplican, la minería a cielo abierto tiene una publicidad oficial en la radio y los proyectos de biodiesel que hacen los estudiantes de ingeniería sólo sirven para exposiciones. Bueno, ya me amargué. Volvamos al sol primaveral iluminando mi cara.
Ahí viene. Durante meses vi este colectivo pasar sin pararlo, con cierta nostalgia y la seguridad de que no iba a subirme nunca más. Es algo característico de las separaciones. Un ex ya no es un ex, un ex es el colectivo o tren que tomabas para ir a la casa, la música que escuchaban mientras comían, las películas que vieron juntos en el cine, una voz, una forma de hablar y en estos últimos años, una pequeña foto en facebook, en la ventana del chat.

-Hasta la terminal por favor.
-¡Uf, qué viaje!
-Si
-Hay amor ahí, eh.

Mirar por la ventanilla es como mirar sin mirar, todos miramos, pero en realidad estamos pensando en otras cosas. Hay gente que piensa en conversaciones recientes, situaciones diarias, yo por otro lado pienso mucho en cosas que no pasaron, uso la imaginación para inventar cosas que me gustaría que la gente diga o haga. Situaciones inexistentes, personajes reales. Como si fuese una serie que se reinventa cada vez que subo al colectivo, o a veces si recuerdo como terminó el capítulo anterior puedo construir una continuación interesante.
Esta historia la pensé mil veces, a veces con finales deseables y otras un poco más realistas. Porque lo realista no es siempre lo que deseamos, pero bueno, yo soy dueña de lo que pasa por mi ventanilla mientras dure el viaje.

-Ya sabés como es él ¿Qué esperabas?
-Tiene un hijo ahora, pero el flaco no cambia más.
-Todo el mundo te lo dijo.
-Me lo prometió pero los fines de semana desaparece…

A veces las conversaciones de extraños en un colectivo te sacan de tu eje, vos venías imaginando tu historia, pero captás las palabras de otras personas y sin quererlo quedás pegada a una novela ajena, colorida, pero de otro. Son historias sin rostros que te cautivan por un instante, hasta difuminarse con un ringtone, el timbre, el vendedor ambulante o un grupo inquieto de secundaria que sube a los gritos sacando 7 boletos de $1.50.
En una hora pasan muchas historias en un colectivo.

-No soy sordo, ya tocaste dos veces.
-¿Y por qué no me parás?
-Ahí no es la parada.
-Si ustedes paran donde quieren, bien forros son.
-Dale, andá pibito.

La gente está de mal humor.

-Pero… te dije que estoy viajando… dejá… Ah, y encima me amenazás? Pasame con mamá, pasame YA con mamá. O me pasas ahora o voy y te reviento la cab… ¿Mamá vos me estás jodiendo? Te operaron hace dos días, tenés que… no, no me inte… tenés que… ANDÁ A ACOSTARTE, me importa poco que haya invitado a los amigos, vos está… ¿Eso te dijo? No, dejá, voy y le parto la cabeza, ya está. No, olvidate, me bajo, no, me bajo en tu casa… estab… estaba yendo a lo de Fiorella pero  no imp… no mamá, ahora bajo y la re cago a palos, estás recién… andá a acostarte, beso.

Hablar por teléfono en el colectivo… todos lo hacemos, y todos se enteran de nuestras microhistorias, pero es un viaje en el que somos desconocidos y pocas veces nos importa lo que los demás puedan escuchar, o ver.
Cuando son viajes más rutinarios a veces hay casualidades, para el que crea en ellas… Yo empecé a considerar que quizás existen un día en particular, viajando para la facu.

-Obvio.
-¿Pero vos me entendés lo que te digo?
-Sí, mi amor no te pongás mal, no te hagás malasangre.

Una pareja, una novela poco interesante escuchada al pasar. La recuerdo por otros detalles…
Soy de las que creen en la existencia de la memoria fotográfica, o puede que tenga más facilidad para acordarme algunos detalles y no los nombres. Hay caras que no olvido si me llaman la atención por algo, muchos lugares a los que se cómo viajar pero no sé la dirección exacta, y tampoco una aproximada. Detalles grabados en la memoria como un recorrido, un gorro, una cartera, una textura. En este caso en especial, unas botas tejanas con dibujos extraños y una cartera verde.
Al lado de ella, agarrándola de la cintura y de forma posesiva, un hombre de 50 y tantos, manos gruesas, cara de enojado. Ella parecía despreocupada, o quizás simplemente no quería               pensar en complicaciones a las 9 de la mañana.
¿Yo? Llegando tarde a alguna materia, seguro. Sentada cómoda, casi recostada en los asientos de a uno, cerca de la puerta, mis asientos favoritos. Día largo ese, volví a casa después de cursar por varias horas y de hacer algo más seguramente, que no recuerdo, no debe ser importante. Lo interesante fue que me subí a la misma línea de colectivo que me había tomado a la mañana. Me apoyé en la baranda de discapacitados, mirando sin ver a las dos personas más próximas a mí. Un segundo, quizás dos. Desvié la mirada, recordé, y volví a mirar: botas tejanas con dibujos raros y una cartera verde. Ella estaba pegada a un hombre de unos 30.
Sonreí, era la misma, la memoria fotográfica no falla ¿Qué posibilidades había de tomarse el mismo bondi a la misma hora con la misma persona a la ida y a la vuelta, y además, verla en medio de algo que no debía ser descubierto?
Es en ese momento en que te detenés a pensar si existen las casualidades o son todas causalidades. Conversación de bar o de juntada de amigos a las 4 de la mañana, cuando se terminó el alcohol, o quizás sólo se terminó el alcohol del bueno, y quedan marcas baratas y un mazo de cartas. Entonces todos comentan casualidades extrañas que les pasaron en sus vidas, te ponés a pensar en lo que hubiese pasado sin esa casualidad en el momento exacto ¿Hubiese conocido a esa persona? ¿Y si no la hubiese conocido, hubiera conocido a tal otra? ¿Y si no me quedaba dormida? ¿Y si me anotaba en otra materia seríamos amigos? En fin, esas suposiciones que no llevan a ningún lado y nos dejan con la misma sensación que teníamos cuando empezamos la conversación. No tenemos idea, si existen las casualidades o causalidades, nos miramos entre todos y decimos bueno, no importa, nunca vamos a saberlo, y no sabemos por qué, pero nos conocimos, conectamos, y acá estamos, compartiendo pelotudeces a las 4 de la mañana.

-¿Podés creer que lo único que me dejó es un colchón y la perra?
-JAJAJA
-No es gracioso, estoy durmiendo en el piso con la perra al lado.
-Bueno, así no tenés frío.
-Está re loca, pero mejor, no la quiero ni ver. Se fue con otro, me la juego.
-¿Te parece?
-Y si, se había empezado a arreglar de nuevo, que se yo. Te das cuenta.
-Igual ustedes se vivían peleando.
-No quiero hablar más de ella.
-Bueno, ¿Viste el partido?
-¿Sos boludo? Se llevó el televisor.

Hace un mes redescubrí lo lindo que es leer un libro mientras viajo. Es una buena herramienta para hacer oídos sordos a las historias ajenas o cuando te comen las neuronas las propias historias inventadas. Más cuando se tratan de una persona en particular, con nombre y apellido. A veces esas novelas propias, meditadas en silencio con los ojos perdidos en algún lugar de la ventanilla o del pasado, son más recurrentes para nosotros que el camino a recorrer para el chofer de la línea. Pesadillas del despierto podrían ser.
Leer es un buen método, porque hay momentos en los que ni los auriculares ayudan. Es probable que la lista de temas cuidadosamente seleccionados para distraerte en el viaje no terminen siendo más que la banda sonora de tu pesadilla del despierto. Y ahí te das cuenta lo jodida que estás. Inventás historias a través de la ventanilla, y encima las musicalizás.

Levanto la vista del libro, me alejo de la vida de Montag, y deseo que pueda escapar de esa sociedad extraña, que afirma que para ser felices no debemos leer ni pensar demasiado. En el no pensar, no saber, no leer, estaría la base de lo que todos buscamos constantemente.
Mi filosofía de vida es tratar de no complicarme demasiado, es cierto que si le damos vuelta a un tema varias veces terminamos por complicarnos nosotros y arruinar el tema en sí. Llevo la bandera del “no pensar”, así que esta historia como lectora quizás me ataque directamente. Pero intento justificarme, mi no pensar es mucho más ingenuo, del sentido de “no seamos tan histéricos y veámosle el lado simple a las cosas”. Listo, una vez justificada puedo continuar leyendo.

“Montag sintió que su sonrisa desaparecía, se fundía, era absorbida por su cuerpo como una corteza de sebo, como el material de una vela fantástica que hubiese ardido demasiado tiempo para acabar derrumbándose y apagándose.  Oscuridad. No se sentía feliz. No era feliz. Pronunció las palabras para sí mismo. Reconocía que éste era el verdadero estado de sus asuntos. Llevaba su felicidad como una máscara, y la muchacha se había marchado con su careta y no había medio de ir hasta su puerta y pedir que se la devolviera.”

Eso escribía Ray Bradbury ¿Eso era lo que estaba pensando yo? ¿Para qué iba realmente?
Volví a levantar la vista, y vi que en el colectivo sólo había una chica y yo. Bueno, y el chofer. Eso significaba que me faltaban minutos para bajar. “Hay amor ahí, eh” retumbó en mi cabeza. Y no, justamente era quizás eso lo que  no había más.

Sonó un tema de New Order en el celular de mi única y momentánea compañera, ese que dice I´m waiting for that final moment you say the words that I can´t say. Sonreí y me bajé, había viajado una hora y media por el tráfico, miré la calle con una sensación de final abierto. La letra entera de “Triángulo de amor bizarro” vino a mí como un martillazo mal dado, ese que en vez de dejar el clavo derecho lo tira para abajo y lo desestabiliza. Estaba casi segura que no iba a animarme a decir las palabras, y que él menos, porque iba a esperar que las dijera yo, o porque no las quería decir, o porque no las sentía.
Un abrazo largo, un beso en la mejilla, una breve reseña de nuestras vidas estos meses, un café, tostadas, más anécdotas, todos los libros en el mismo lugar, es decir, desparramados, el mismo sillón, la misma pintura que siempre le había dicho que era fea pero a él le gustaba, el mismo color de las paredes, la puerta vieja de la entrada, el perfume, las mañas, la radio, la sonrisa, la forma de caminar, la risa, los ojos, la mirada, nuevamente otro abrazo largo, el contacto, esa sonrisa de nuevo, la puerta vieja de la entrada. La vuelta.


Era la fantasía de ventanilla más probable que cualquier otra que hubiese pensado por meses. Caminé unas cuadras hasta su casa, deseando que por realista no fuese la realidad.


miércoles, 31 de julio de 2013

El Caballo

El caballo es un cagón, tiene el mismo movimiento de una ola histérica que va y viene todo el tiempo, pero dice, para defenderse, que al igual que la ola, esa es su naturaleza y no puede actuar de otra manera. Se mueve en L imprenta mayúscula por todo el tablero, actúa de soporte a otras piezas más poderosas, como la Reina, y a veces ataca en defensa de algún otro peón que siguiendo órdenes, se perfila a una muerte segura en el territorio de una Torre adversaria.
Algunos maestros del Ajedrez dicen que el caballo bien utilizado es una de las mejores piezas del juego, un arma sigilosa. Afirman que su movimiento esquivo e histérico no tiene nada de esquivo ni de histérico y que es simplemente en función de su inteligencia. Al ser una pieza con un trayecto no tan delimitado, como un Alfil por ejemplo, el oponente suele olvidarse de él y termina perdiendo, no sólo Peones desatentos sino también puede quedar en un jaque mate sorpresivo.
Para estos señores, el Caballo sería una pieza fácil de camuflar, con una forma de atacar distinta que hay que valorar y saber utilizar, para no terminar dando vueltas en forma de L por todo el tablero durante 40 minutos. Hay partidas que duran 5 solamente, las vi, participé en ellas y a veces las gané. 
Hace un tiempo en un libro vi una jugada fácil para terminar con todo apenas empieza el juego, cuando todavía las piezas no salieron de sus lugares, sólo un peón contrario, dejando un hueco entre él y su Rey. Si soy blanca, en mi segundo movimiento ya puedo poner al Rey con mi Alfil en jaque.

Después de desestabilizar al minuto de haber empezado el juego, los oponentes se dividen en dos clases de personas, los que deciden tomarse las cosas con calma y te dan un buen partido de media hora; y los que se descolocan y pierden al rato, nerviosos por la sorpresa inicial.
También se aconseja no sacar la Reina demasiado rápido, cuando está todo bastante evaluado y medido y no hay muchas posibilidades de perderla. A veces cuando escucho este consejo me río, “no sacar la Reina demasiado rápido” tiene una connotación interesante si en vez de un juego de mesa jugamos a salir con alguien por primera vez.
Tengo que admitir que siempre me gustó el Caballo, y que en una época yo también pensaba que era una de las piezas más interesantes, por lo sorpresiva y versátil. Creo que hay una diferencia entre saber usarlo y moverlo porque sí, haciéndolo pasear, avanzar y retroceder, ir de un lado para el otro. Como oponente no sabés si lo están usando para defenderse de un ataque futuro que ya percibieron, porque están maquinando un jaque en dos jugadas más o porque no tienen idea qué mover y para hacerse los interesantes deciden continuar con un baile frenético en vez de armar un buen plan.

Esas tres opciones tiene el adversario, ése que usa mucho al Caballo. Si usa las primeras dos, estaré en un juego más que interesante. Si es de los que usan al Caballo sólo para ganar tiempo y marear, el consejo es que aunque la cosa esté trabada y las opciones parezcan pocas, también hay alfiles, torres y peones. Y si es de los que dejan la Reina para último momento, quizás sea su oportunidad de hacerla jugar.

lunes, 15 de julio de 2013

Cuando a una le toca ser una

Cuando estas cosas le pasan a una, una quiere  pensar todas las alternativas para no pensar lo que pensaría si no fuese una. Entonces todas las amigas dicen lo que una diría si estuviese en el lugar de amiga. Y una reacciona como esperaría que reaccione una amiga, que no la escucha cuando dice la verdad sobre un tema, porque una, al ser amiga, es mínimamente más objetiva.
Todos sabemos, no, algunos sabemos que la objetividad no existe. No hay manera de encontrarla, la subjetividad nos rodea, y está adentro nuestro en una mochila imposible de quitarse. Pero cuando las cosas no le pasan a una, o no tan de cerca, puede ser un poco más fría, un poco más calculadora, perra o… inteligente, lo inteligente que deja de ser cuando las cosas le pasan a una. Ahí, una es una tremenda pelotuda, que se aferra a la última hoja que dejó el otoño. Sabe, porque realmente sabe, que la hoja se va a caer como lo hizo todos los años, pero tiene la esperanza de que esta hoja se quede en el árbol. Así, marrón, amarilla, no importa. Por más que tenga todos los indicios de estar en las últimas, una le busca el color verde.
Y ahí vienen las demás, para decir lo que una ya sabe pero no quiere entender, o no está lista para comprender. No cuando se trata de su árbol favorito. Ahí la ceguera confunde. Confunde pero no engaña totalmente. El engaño en sí… vale cuando una no sabe nada, cuando una sospecha, ya es cómplice, ya busca y espera. Una sabe, pero está llena de dudas, dudas mentirosas, porque una sabe las respuestas, se la dicen las demás que las ven claramente porque no son una.

Mi hoja amarilla se ve saludable, hay algunas hojas que no se caen en otoño, sobreviven al invierno y ven llegar la primavera. Mi hoja puede ser esa ¿Por qué no? Porque soy la una, y quiero creer en todas las alternativas que no creería si no fuese una.



La genia de Flopa, ilustrando temas... 

lunes, 8 de julio de 2013

F de Federico, F de Fetiche y F de Foco


F de Federico

Situación no tan regular. Ojos verdes. 1, 80 (de altura). Arito en la nariz. Excelente cocinero. 30 años. Vive solo en un departamento, y hace aproximadamente un año atrás consiguió un gato, porque quería que hubiese algún tipo de movimiento en esas 4 paredes, alguien que hiciera ruido, ronroneara y lo acariciara esporádicamente sin reclamar nada. “Los gatos no se enamoran”, dijo Fede.
Camina despreocupado, sonríe con una mueca seductora, como quien quiere caer bien a medias, o como quien sabe que no necesita una sonrisa entera para ser simpático. Es muy lindo, y lo sabe. Pero aún así necesita ir por ahí reafirmándose, caminando en zigzag entre las presentes. Aire sobrador y un par de chistes que no se escuchan. Humo, de pucho.
En 10 días intentó un par de frentes distintos, con más esfuerzo en algunos que otros, y demostrando una terquedad increíble, para los conceptos y para los rebotes.
En 10 días no tuvo mucha suerte, le tocó un grupo de minas poco aventureras. Se ve a simple vista lo que pasa por sus ojos, o quizás son los míos que me dicen que es de los que duran dos rounds. Seguramente dos rounds mucho más que interesantes, pero estamos a fin de cuatrimestre, y las energías, por lo menos las mías, no son las mismas que en marzo.
Las que recién lo conocen piensan un poquito diferente.

-¿Viste qué bueno que está?
-¿No estabas de novia vos?
-Estoy en medio de una crisis ¿Vos?
-Dejo TODO.

Simpático. Carilindo. MUY cabeza dura. Uf, es un combo big mac con papas y gaseosa grande. Me cae bien, pero no da que se anden derritiendo por los pasillos. Una, que viene de perder por goleada con el campeón de local, le dice a sus titulares que se tomen unas vacaciones. Spa, asadito y psicólogo para aliviar el estrés. Quedan para jugar los suplentes, unos pendejos adolescentes, con un poco de acné y totalmente imposibilitados de hacer más de tres pases seguidos. El DT se muerde el labio, pero la hinchada los banca. Esa hinchada, la misma que sepultó a los titulares al final del campeonato, ahora alienta a un par de pibitos menores de edad. El DT agradece, pero no entiende mucho.

-Fácil maestro, los pibes estos no hacen goles, pero no dejan que nadie pase mitá de cancha.

Y si, la gente está sensible. Después de semejante goleada sobre el final, los hinchas entienden el valor de algunas cosas, como de una defensa sólida, una que no tambalea. Quizás ante la falta de juego, con no perder es suficiente. Ese punto que se gana, y que tal vez ayude a no restar.

F de Fetiche

Caminaba por microcentro pensando en todas estas cosas. Demasiado abrigada. A veces pasa, cuando uno se levanta muy temprano y prende el televisor, pone el noticiero y lee 1.6 grados. Da más frío el número que otra cosa. Yo, friolenta, me visto como una cebolla y a la tarde un poquito me arrepiento.
Tenía un tera en el morral (con sus correspondientes cables), una guía T, un paquete de galletitas (mi triste almuerzo), un cuadernito y 60 pesos, porque no había conseguido plata en ningún cajero el fin de semana, y venía evitando ir al banco hace un tiempo. Midiendo y evaluando las posibilidades, me decido a caminar. Sí, a veces lo hago. Caminar distancias que  nadie caminaría, sin mucho sentido, sólo para caminar y pensar.
Saco el celular y le pregunto a mi amiga a qué hora va a estar en su casa. Tarde, muy tarde (ya lo suponía). Mando otro mensaje, a esa otra amiga que es un poco más grande. En una hora y media está en su casa, genial, es lo que me va a tomar caminar hasta ahí.
Guardo el celular y escucho un grito medio extraño. Miro hacia atrás y veo a un pibe de no más de 16 años corriendo, y atrás lo sigue una chica, gritando desesperada.

-¡¡Parenlo!!

Pasa bastante lejos, no tengo oportunidad de pararlo. Cruza la calle en verde y los autos pasan, a ella no le importa nada, también cruza corriendo. Es la avenida más importante del país. Algunos intentan agarrarlo pero no pueden, hasta que entre en un par lo sujetan y lo tiran al suelo. Ella llega y recupera lo que es suyo. Miro la situación.
Al lado mío corriendo pasan dos chicos de la misma edad que el que pibe, sospecho que son amigos suyos, porque miran preocupados pero se pierden entre la gente, y tienen olor a transpiración.
Sigo mi ruta.
Camino y llego a Santa Fe. Uh, esta calle me puede. Ropa, zapatos y vidrieras. No sé qué prefiero. Cada vez que paso caminando o desde un colectivo me dan ganas de estudiar diseño de indumentaria, volver a tener un local propio o dedicarme a armar vidrieras. Me encanta todo eso. Por suerte sólo tengo $60, ni la tarjeta de débito encima. Es un peligro pasar por acá. Pero estoy tranquila, con $60 sólo puedo caminar y mirar ¿Qué te alcanza con $60? Sonrío y pienso, nada me alcanza. Hace mucho que vengo pensando en botas o zapatos rojos, campera roja, gorra roja, algo rojo. No sé, es un color lleno de energía. Flores, libros, más vidrieras, gente caminando. Uh, un TodoModa ¿Habrá cinturones?
Me quedan $30 ahora.

F de Foco

Subo al 7º 21 y nos ponemos a tomar mate. Terminamos verde, como siempre. Me habla de su futuro viaje que nos emociona tanto a las dos, le hablo de mi vida, de la nueva serie que estoy mirando y me fascina, y de mi hermosa nueva adquisición. Me habla en francés, me traduce, me río y me dice que estoy flaca. Tardamos horas en ponernos al día, varias horas y 3 termos. Cae la noche y le hablo a mi otra amiga, sisi, esa que le atrasa el reloj. Saludo, abrazo con amor y camino un par de cuadras hasta Gallo.
No puedo creer toda la historia que hay en el 8º 25. El día que se mude voy a llorar. Podría decir, sin exagerar, que en cada metro cuadrado hay una anécdota para contar, esas cosas que pasaron y otras muchas que no, que quedaron en nuestras retinas grabadas y nos hacen reír.
Cerramos la puerta y vomitamos todo. Lindo, feo, lágrimas, histerias, cachetazos, baldes de agua fría (que ya estando en invierno no son joda) y abrimos el baúl de los recuerdos.
Enchufamos mi tera y empezamos a pasar muchos GB de anécdotas. Esas que nos ponen la piel de gallina. No nos cansamos de ver los videos, nos sabemos los diálogos, el momento en el que cada una se va a  reír y cómo lo va a hacer.

-Capaz es medio puta.
-Brilloso, suave…
-Anda!
-Corte! (Aiii no boluda esta no va)
-Si estás viendo esto y no es fin de año, algo malo te va a pasar.
-¡Cómo le gusta el jugo!
-¿Qué pasó dire? ¿Te tragaste la planta, dire?
-Estoy bajo mucha presión, ustedes no entienden.
-Esto es jugo, estamos hablando de la planta, del story…

El domingo pasado no podía dormir del dolor de panza, sabiendo que estaba a horas de tenerla. Ahora mi amiga está tan contenta como yo, sabe que me encanta dirigir y que en nuestros cortos y trabajos prácticos se la voy a dar. La t3i va a ser toda para ella.
Hablando de tantas cosas no se si se da cuenta, pero un año atrás, ninguna tenía idea de todo lo que íbamos a caminar.
Cocinamos y cenamos juntas. Me hace muy feliz estar ahí, con ella, con los chicos. Esas risas sanas, (que incluyen algún que otro licor) más anécdotas y buena onda.
Camino a la parada pienso en la canción de Soda, pero con el ritmo de Agapornis. Esa canción que me hace acordar al 8J y a un montón de arena.

No es tan fácil hacer foco, y nos encanta no saber hasta dónde llegaremos.

sábado, 29 de junio de 2013

Hola, qué tal? Les presento a mis fantasmas

Quizás sea estrés. Lo único que sabe  y está absolutamente segura, es que la falta de aire está en su cabeza. Sino no tendría sentido, todos estarían asustados. Pero de entre todos los corazones presentes, el único que empieza a latir con desesperada fuerza es el de ella, el único pecho que se encoge es el de ella y la única garganta que se cierra es la de ella. No puede estar más ahí, siente las manos frías, pero aún así no sabe si tiene calor o está congelada.
Está muy segura que sólo ella se está sintiendo mal, porque los mira de reojo y cada uno está en la suya, sonriendo y charlando sobre temas que no llega a entender. Las frases le llegan deformadas, y las risas parecen tenebrosas, como si sonaran desde lejos en un desierto sofocante, y ella estuviera encerrada en una caja muy pequeña debajo del sol.
Está tan comprimida en ese espacio, que siente como si le aplastaran el cuerpo con una máquina prensadora, tiene tanta gente a su alrededor, que siente que está sola.
Respira muy despacio, pensando inocentemente que así el aire va a durarle más, que no va a empezar a llorar, y que no va a vomitar el corazón. Cualquiera de esas situaciones no son opciones para ella, no puede permitirse tanta debilidad entre casi desconocidos, o conocidos que desearía que fueran desconocidos. Así por lo menos podría empezar a gritar sin sentirse mal al día siguiente, no se vería bien que le agarrara un ataque en ese momento. Tratando de mantener la calma, sigue respirando despacio.
Las puertas están por cerrarse y el corazón se le va a salir por la boca en cuestión de segundos, es ahora o nunca.

-Me quiero bajar
-¿Qué te pasa?
-No puedo respirar, no hay aire acá, somos muchos.
-Es un viaje corto, dale.
-Me quiero bajar, me siento mal.
-Es un viaje dale, estamos en invierno, te vas a cagar de frío.
-Me estoy ahogando, prefiero esperar un bondi.

Definitivamente ese fue el peor cumpleaños de su vida. Una sucesión de eventos desafortunados, mala música, un par de reproches, y una claustrofobia de regalo. No llegó a ser un ataque, nunca los tuvo. Podrían decir, quienes verdaderamente no pueden subirse a un ascensor, que la chica es una claustrofóbica trucha. Pero eso no quita que ese momento haya sido una pesadilla, y tampoco hace desaparecer los miedos que le surgen cuando se encuentra en lugares herméticamente cerrados.
Ella sabe que está todo en la cabeza, que no es un dolor provocado por un golpe, que no hay moretón ni cicatriz y que no hay un real peligro a quedarse sin aire en un subte, un colectivo o un tren. Pero aún así no puede evitar sentirse mal. No es todo el tiempo ni en todos sus viajes, no es cada vez que sube a un ascensor. Pero ahí está, a la espera.
Y es una de las tantas razones por las que a veces se pregunta si no debería ver algún psicólogo, quizás sería agradable que su corazón dejara de darle latigazos cuando las puertas del tren se cierran. Pero por algún motivo se resiste. Piensa en eso cada vez que se siente mal, cuando se da cuenta que le asusta algo que es imperceptible para las demás personas, pero finge olvidarse del tema el resto de las veces.
Consiguió un trabajo nuevo que está en un segundo piso. El edificio tiene dos ascensores muy pequeños, esos grises herméticos con espejos amplios, tan aterradores. Entran cuatro personas de contextura mediana y cada vez que sube en uno, respira hondo varias veces, mirando por qué piso se encuentra.

Piso dos.
Por fin termina el día laboral, la cabeza le explota de nuevo, le está costando acostumbrarse a la nueva rutina. Sube al ascensor del terror y trata de  entender de qué está hablando su compañera de rulos. Esa chica que salió de Mcdonalds hace poco y vive en Barracas. La que está haciendo el CBC para derecho y le cae tan bien.

Piso uno.  
-¿Te sentís bien Ro?
-Me duele mucho la cabeza, fue un día larguísimo. Semana difícil.
-Sí, yo también. Me fui a final en ciencias políticas.

¿Por qué bajaba en ascensor? Técnicamente no es mucho más rápido que bajar por las escaleras, y seguramente es menos molesto.

Planta baja.

Pero de alguna manera quiere sentir que está afrontando algo que le hace mal, y que le gana, todos los días. En dos semanas se va a cumplir un año del día que le empezó a tener miedo a los lugares cerrados, del peor cumpleaños de su vida. Pero se siente confiada, este año es mucho mejor que el anterior, se siente muy feliz, y si pasa mucho tiempo en ese trabajo, quizás se acostumbre al ascensor hermético.



Les presento a FLOPA, una genia, pido prestado su dibujito, que caracteriza muy bien el texto que me hicieron escribir y que no quise hacer, pero al final me gustó.

viernes, 28 de junio de 2013

Antes del amanecer


"Si de verdad existe alguna clase de dios, no debe estar en nosotros, ni en vos ni en mí, pero quizás en un pequeño hueco entre nosotros. Si existe alguna magia en este mundo, debe estar en el intento de comprender a alguien al compartir algo."

Sensación hermosa.