"Este momento de descanso es tuyo... disfrutalo" Así dicen las paredes de la sala de break, en cartulina de colores con
diseños seguramente no aprobados por alguien que sepa de diseño. Y me sale ese
intento de comunicóloga que en algún momento quise ser. Pará, todos los
momentos son míos, inclusive cuando estoy adentro, con una vincha puesta
tratando de adivinar por qué a Laura de Quilmes le aparece facturado un
servicio que no pidió.
-¡Está especial para torta frita hoy chicas! ¡Hola mi
amor! Te amo.
Mide 1.65 y le dice
lo mismo a todo el personal femenino (y después de las diez a algún masculino
también).
-¡Charly!
¡No me hiciste mate!
Le grita
la rubia, ojeando el celular.
-Te dije
que salía de break 7 y 15, media pila.
-Ya va amor, ya va. Es que tengo tantas novias que no
tengo tiempo de atenderlas a todas.
-¿Y por
qué no dejás a alguna?
-No puedo mi amor, me hacen feliz.
-Charly
no hay azúcar.
-No, ya sé. Estos sátrapas me mandan recién mañana, ahí
puse edulcorante.
-Uh, café
con edulcorante es un asco...
-Pero te lo hago yo y le pongo mucho amor...
-Bueno...
Me
arriesgaría a decir que la sala de break tiene más tráfico que el puente
Pueyrredón. Excepto los supervisores, todos los mortales tienen...
-No dan
un pase, se sacan la pelota de encima.
-¿Y
ustedes hace cuánto tiempo que no juegan una libertadores?
La chica
de racing mira con odio al de anteojos y toma del vasito de plástico. La chica
de san lorenzo sigue escribiendo. El DT frustrado de anteojos toma su café y
dice que está lesionado pero juega bien de 9, no le creo.
...Los demás
mortales tienen entre quince y veinte minutos para desayunar, almorzar,
merendar, cenar o lo que tengan ganas de hacer (y puedan hacer) en ese tiempo.
Cualquiera que haya salido conmigo mínimamente dos veces, sabe lo que tardo en
comer y se puede imaginar lo que sufro tratando de almorzar en quince minutos.
Vamos negrita baila hasta el
fín,
Vamos negrita hacelo por mí.
Vamos negrita baila hasta el
fín,
Vamos negrita hacelo por mí.
En
cuarenta minutos que estuve haciendo
tiempo ya pasaron más de veinte personas que vinieron, se fueron, y dejaron
migas y manchas de café en las mesas. Cuando quedan pocos, Charly sube los
redondos y baja el volumen del partido, algo me dice que el pequeño circo del
fútbol lo tiene cansado y después de varias horas de trabajar el indio es más
relajante que cualquier otra cosa.
-Charly,
¿Viste qué sucias son las minas? Explicame cómo hacen para mear toda la tabla,
explicame.
Pelo
negro levantado en una colita, pocos dientes, uniforme de limpieza. Los diez
días que no estuvo todo el mundo lo extrañó. Después de explicarle a veinte
personas seguidas facturación, que te hagan un mate y te digan "lo que
es tu pelo, nena" es un cariño al cerebro gastado.
-¿Cuántas
horas estás laburando Charly?
-Hoy doce, pero se me pasa rápido. Hay que mantener a los
pendejos, viste.
-¿Doce
horas?
-¡¡Y sí, si esta piba me hizo reventar la tarjeta en lafabella, la próxima te llevo a la
salada morocha!!
Una nueva
que no entiende los códigos entra
corriendo al baño y desaparece. Él prepara las máquinas de café (que igual que
el amor, cuando tomás más de tres seguidos te deja un agujero en el hígado) y
se va a juntar basura. Para cuando vuelve ya hablé con dos personas más, la
piba de racing y el DT frustrado se fueron.
-Se quemó el ascensor, tuve que bajar la basura por la
escalera.
-¡Qué
bueno que no tenés problemas cardíacos!
-Sufro mucho por amor yo ¿Tenés novio vos?
-Dejala
en paz a la piba, ¿No era yo tu novia?
-¡¡Y vos sos mi primer amorrr, no lo dudés!!
No sé
cómo tiene energías para piropear a las minas doce horas al día. No sé cómo
alguien tiene energías para atender quejas seis horas al día. Si avisaran de
los aumentos en la factura no tendría tantas llamadas.
-No
tendrías trabajo.
-Eso es
como decir que los derrames de petróleo son buenos para que Greenpeace tenga
trabajo.
-¿Greenpeace
labura?
Fantaseo
que estoy en Los Simpsons y que laburo con Homero, hace unas semanas pusieron una máquina de
golosinas que se traba cada tres días. Charly conoce el secreto. De repente
estamos todos jugando al pinball, calculando el peso del alfajor sobre el
paquete de galletitas, y si será lo suficientemente pesado para que al precio
de uno caigan dos. Y sí, se escuchan gritos en el pasillo, así que alguien
ganó. Siento un poquito que estoy en el tercer día del año, como los chiquitos
que no sienten el cambio hasta que ponen 2014 en el cuaderno Rivadavia forrado de
azul a lunares. Ella vuelve a la UBA caminando debajo de la lluvia, no porque
sea una romántica (aunque lo es), sino porque el paraguas se le ríe olvidado al
lado de la puerta en Sarandí. Una de las tantas hijas pródigas va descubriendo
que el camino cambia con cada paso que da.
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Galletitas de agua atoradas |