Ese momento en el que te cae la ficha del por qué no era para vos y te
da cosa estar solita, en el calor de tu cuarto. Mirás la lista de conectados y
no hay ningún amigo para pilotear la situación con una charla
al pasar, una película que hayas visto y te haya gustado la fotografía, o el
frapuccino que te tomaste hoy con las amigas que no veías desde hace un tiempo.
Para pensar en otras cosas, te imaginás que una de ellas el lunes va a
estar empezando uno de esos viajes de toda la vida, que marcan un antes y un
después (o eso se espera). Es algo más que el típico viaje de estudiante de
sociales, un poco más que el mochilero que se va al norte y también es más que
el primer gran viaje hacia lo desconocido sin fecha ni hora de retorno. De repente te suena interesante abandonar
todo, agarrar el bolso y meter un par de remeras al ladito de la cámara de
fotos. Es eso o quedarse donde estás, sentada, mirando lo que no estaría bueno
que sigas mirando, lo que no suma, lo que te apega un poco más a la silla, más
que el calor pegajoso y la tristeza repentina del darte cuenta de por qué no
era para vos.
Miraste un poquito más para adelante y viste proyectos, esas preguntitas
locas que te invadieron la cabeza todo el año y tomaron forma y determinación
hace menos de dos meses, cuando entendiste qué tenías que hacer y hacia donde
había que ir. En el camino no hay nadie más que vos, te imaginás que tenés zapatos rojos de brillitos y las baldosas
son amarillas, como la película que viste cuando eras chica. Y en el camino
estás vos solita, con una mochila llena de entusiasmo, un poco de miedo y un
par de ideas no demasiado brillantes. Pero ahí vas, con ese nudito en la
garganta que te acaba de agarrar, abrís el Word, escupís y seguís. Por ahí si
tenés suerte se te abra la puerta que esperás. El camino está desierto y
solitario, igual que la pieza en la que estás.

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