Por ahí no sea joda, quizás sea cierto que si
queremos mucho a alguien hay una especie de conexión que supera las distancias.
Hasta hoy pensé que era una boludez que dicen algunas madres para dar a
entender que tienen una super conexión con sus hijos. Y sí, me caen muy mal
esas madres.
Tengo una amiga que
vive a miles de kilómetros de mi casa, odia el tomate y por más que sea invierno
con una campera finita se arregla. Cuando la miro siento un poquito de
admiración por todo lo que es capaz de hacer, por ser ese tipo de gente que
hace que el aire sea más liviano y las horas pasen más rápido.
Esta semana estuvo
pasando por uno de esos momentos especiales en la vida, los que uno espera que
nunca lleguen, los que uno no está muy preparado para afrontar.
Hoy a las 10 de la
noche en un momento nada particular de esto que se llama rutina, me dieron
ganas de llorar tan fuerte como si me hubiesen dicho que no me amaban. Sí, algo
parecido a esa sensación de mierda, o con eso lo comparé. Pero no supe por qué.
En la tele estaba TCM, en la notebook un chat muy frívolo sobre zapatos para
una fiesta de 15 y en la mesa algunos terminando de cenar. No había nada que
pudiera provocarme esa sensación de tristeza. Como no sabía muy bien de dónde
venía, tragué el nudo y traté de pensar en otra cosa.
La gente que me
conoce sabe que una vez que llegué a casa puedo pasar horas sin mirar el
celular, quizás por fobia a muchos años de tenerlo pegado a la mano derecha
(traumas que tardan en irse). A veces leo algo dos horas después de lo que me
hubiese gustado leerlo. Último mensaje recibido de ese personaje que no se deja
sacar fotos, a las 10 de la noche. Noticias del sur. Abrazos que quiero dar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario