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miércoles, 16 de octubre de 2013

Octubre es un poquito así (Los intocables)

Todos se pusieron más estrictos y  no se puede tener ni una bolsa de galletitas cerradas arriba del escritorio, hay que esconder las Don Satur adentro de la cartera, y pasarlas de box en box como si fuera merca. Después de 3 meses de promesas nos llegó el vaso térmico que no es térmico, es de plástico y huele a PVC o a zapatilla mal hecha. Si oliera como un álbum de figuritas sí lo usaría, pero todos sabemos que hay grados de pegamento que un ser humano que no quiera drogarse (de esa forma) tiene que respetar. No sé si ventilándolo lo suficiente pueda ser utilizable en algún momento o si le pongo agua y me la tomo voy a tener ojos verdes como quería cuando era chica.
El vaso tiene el logo de la empresa y según no se quién eso refuerza nuestra identidad. Cada pelotudez anda escrita por el mundo. Es como la idea del uniforme en un secundario:
-Ahí van las chetas del Victoria Ocampo.
-Ahí van las trolitas del Loreto.
-Ahí van esas negras del Inmaculada.

Por supuesto que refuerzan la identidad, delimitan y estereotipan, uniformes, marcas y vasos plásticos con nombres.
-Ahí van esos giles del Call Center.
Fui una negra del Inmaculada y ahora una gila del Call Center.
Voy a mi pasillito favorito y la distingo con la mirada. Había puesto su cartera en una silla al lado de ella para guardarme el asiento, un amor de persona. Si me siento al lado suyo sabe que entre llamada y llamada, va a poder decirme “odio este trabajo” y yo me voy a reír porque todavía no me parece tan malo, pero es probable que en algún momento sí. Esas cosas llegan.
-Y no Marcos, si no tenés saldo no vas a poder usar el servicio, tenés que recargar con una tarjeta o mediante carga virtual.
Me mira abriendo mucho los ojos, mutea la llamada y me dice:
-Ah no pero este es un pelotudo…
-Claro, tenés que tener en cuenta Marcos que recién se te recarga el crédito en diez días…

Y volvía a ser falsamente dulce.
Apoyo mi carpeta al lado del monitor y lentamente empiezo a adornar el box que por 6 horas va a ser como el escritorio de mi pieza,  la cartera en una esquina, los apuntes del curso de capacitación de la empresa (que no me sirven para nada pero después de 3 meses los sigo cargando por ninguna razón), el celular escondido debajo de un pañuelo, el estuche con los lentes y si es fin de semana (cuando la cantidad de llamadas te deja un margen de 2 minutos entre cliente y cliente) algún libro, apunte o revista. Este maldito sistema capitalista te hace querer aprovechar cada segundo, el tiempo es dinero y esas cosas que te dicen en la facu. Sociales te abre la cabeza, todos tenemos un antes y un después de Marx, la escuela de Frankfurt, Peirce (incluída la canción de se pronuncia Pers), Verón (en su etapa académiconotanpelotudachupamediasdeclarín) y el corto de taller 2. Bueno, quizás el último es un poco más personal.
Me siento  y me doy cuenta que estoy en la silla fea, esa que está medio rota y no se puede bajar. Con la rapidez de una vieja que encuentra asiento vacío en el bondi, miro dónde hay una silla copada y la intercambio. Listo, ya me puedo loguear tranquila.
-¿Dónde está More? Hace bocha que no la veo.
-Está de licencia por las cervicales, no se podía ni mover.

El cuco del call center son los dolores de cabeza y de espalda, y yo ya tengo los dos. Miedo, miedo, miedo. No quiero ser una vieja con joroba ni una adicta al diclofenac, mi cuerpo es tan genial que se termina acostumbrando a las drogas, como ese año que estaba totalmente inmunizada a la cafiaspirina plus. Pude comprobar que es verdad eso de que las células de todo el cuerpo se van renovando cada dos años, de repente mi cuerpo absorvía las aspirinas como flynn paff y tuve que dejar de tomarlas, sufriendo las migrañas entre cuatro paredes. Como una especie de alcohólica que después de dos años se olvida del sabor de un whisky, cuando retomé, el efecto volvió a ser magia en dos gramos. Ahora sospecho que me está pasando lo mismo con el actron. En el fondo somos un poquito como las cucarachas, comemos basura y nos acostumbramos al raid. Cada vez somos más fuertes y tienen que crear nuevas fórmulas para matarnos, o por ahí es un pequeño truco de mercado y lo único que cambian es el pacaching.
- ¿Algún niño o niña que se quiera anotar para el feriado?
Ofrecen más horas de trabajo como si fueran caramelos, y los niños en mi pasillo las agarran como si estuvieran debajo de una piñata ¿Qué moviliza a una persona a ir a trabajar un feriado tan soleado, tan lindo, tan feriado? Marx está levantando la mano a mi pregunta pero no lo voy a dejar contestar. Me anoté sin dudar, y después estuve 3 días arrepintiéndome. Cuando llegué era un cementerio de sillas y computadoras apagadas. El call center prácticamente desierto, un par de giles estábamos en la guardia. Aunque yo me resisto a llamarle así. Guardia hacen los médicos que salvan vidas, nosotros atendemos llamados de gente que no sabe su número de teléfono y en vez de probar llamando a otra persona, primero nos llaman a nosotros.
Me acuerdo de una entrevista laboral que tuve a principio de año donde me habían dicho “todos tenemos un precio”. Me causó mucha repulsión en su momento.
-El mañanero lo tenés que hacer, te levantás un segundo, te cepillás los dientes y la despertás.
-No boludo, yo a la mañana estoy re dormido.
-Pero le dicen mañanero porque te cambia la mañana boludo.

Para no escuchar entre llamada y llamada cosas como esas de gente que no conozco (si los conociera sería más interesante) sigo de largo y busco mi pasillo, ahí están todos los niños que esperan a fin de mes sus caramelos.
-Tengo un problema, ¿Tengo dos equipos, viste? Antes tenía uno, y ahora me compré otro. Bueno, quiero pasar mis contactos de un equipo a otro, ¿Cómo hago?
Me es-tás jo-diendo. 17 grados afuera, un sol de la puta madre, un feriado que nos regaló Colón mientras le robaba oro a los nativos,  y vos llamás a atención al cliente porque no sabés como pasar tu agenda de un celular a otro. En el pasillo una de las niñas está a los gritos:
-Si no me tratás con respeto voy a cortar la llamada.
Uff, mejor sigo con el nabo que me tocó, es preferible eso antes del loquito de “no entiendo la factura” ¿Nabo le dije? Uhh, me están contagiando. Ya están todos de mal humor, se dieron cuenta que el día hermoso se está yendo y ellos siguen acá adentro. En la ventana se ve algo que quizás sea un pedazo de cielo, oscuro bien oscuro.
-Gracias por llamar, hasta luego.
-Hasta luego.
-Uf, cómo me calentó la voz de esta  mina.

La gente se piensa que cuando separan el celular de la oreja automáticamente dejamos de escucharlos, se escucha todo señores, hasta que cortan.
-Mirá, yo me separé y estoy en medio de un tema legal con mi ex marido, pero tengo la clave de su cuenta, ¿Habría alguna manera de ver las llamadas que estuvo haciendo este mes?
Son un caldo de cultivo de historias, y yo una especie de espía. Si lo pienso, no son sólo un par de metáforas de alguien que le hubiese gustado quedarse en su casa tomando mate. Soy una informante de comentarios y momentos poco agradables, estúpidos, miserias y alegrías humanas. La llamada telefónica te da ese grado de anonimidad que a veces es bien aprovechada.
Ficho, abro la puerta de emergencia y empiezo a bajar los dos pisos hacia el aire fresco. Empujo la puerta de vidrio y salgo, es la tercera vez en esta semana que cortan la luz de la calle. No me da miedo, a una cuadra y media están las luces de la 9 de Julio. Avanzo entre penumbras, conociéndome los baches de la vereda de memoria, y de repente estoy en otra ciudad, en la época de la ley seca, peinada y vestida como lo estaría una espía mujer, en caso de que haya existido alguna en aquellos tiempos.
No hay nadie en la calle más que yo, ni siquiera perros o gatos que puedan acusarme, entro al callejón y saco mi petaca. Estoy a punto de darme un respiro cuando me sorprende Gordon.
-Sabía que te iba a encontrar por acá.
-Es mía, devolvémela.
-Dame un traguito…
-¿Tenés barriles en un depósito y a mí me querés andar robando una petaca? Sos un tacaño.
-Uff, te venía a hablar de algo, tengo algo bueno hoy a la noche, me dijeron que disparás bien.
-¿Querés que te muestre?
-No, linda, hoy a la noche, donde siempre, se viene algo grande. Smith dice que hay un espía, esta noche lo hacemos caer.
-¿Un espía? ¿Quién se va animar? Si le vendemos al alcalde…
-Mina tenías que ser, ¿No podés hablar un poco más bajo? Eso no se dice por la calle estúpida… lo que pasa es que desde que llegó Elliot Ness se está complicando todo.
-Es un hombre, todos los hombres tienen precio.
-No, este no. Hoy a la noche donde siempre… sabemos que trabaja con un colorado, el mudo sabe dónde encontrarlo.
-¿Vamos a darle un susto?
-No, ya perdimos mucha guita, esta noche terminamos con el colorado. Va a haber un regalito para vos…
-Algo más que una petaca espero…
-Jaja, si, el colorado trabaja con una pelirroja, se que a vos te gusta pelearte con minitas.
-No, a vos te gusta cuando me peleo con minitas.
-Me calientan esas cosas, como tu voz ponele. Va a estar fácil, en la entrada siempre está el larguirucho con pantalones ajustados, y a veces se queda hasta tarde la recepcionista que no ve nada sin sus anteojos.
-Fácil.
-Fácil, y después podemos irnos por ahí…

Gordon me besa, piensa que me gusta el muy idiota. Salgo del callejón, lo pierdo de vista, saco mi celular y llamo a Clara.
-Avisale a Damián, decile que esta noche van a atacar la oficina, dale la noche libre a Mariana y decile a Yasmin y a Manuel que estén preparados, saben que hay una espía.


Es feriado y el bondi no viene más. Se me ocurrió una historia re bizarra  para contar.

viernes, 4 de octubre de 2013

Ah, es viernes.

Hay chicas pintadas, con medias negras y polleras cortas caminando por el metrobús. Ah, es viernes ¿En qué momento de la vida dejé de darle importancia a los viernes? Quizás cuando empecé a tener franco los lunes… No sé, voy en contra del mundo, otra vez. Pero no hay nada de malo en eso, los domingos a las 22 horas, cuando todos están lamentándose que está por empezar el lunes, yo me pongo contenta porque sé que toca noche de películas, series, y dormir hasta cuando quiera. Ah, no, rindo el martes. Bueno, este domingo no voy a ser tan feliz.
Tengo la cabeza en Perón y en la ley de medios, pero la vieja. Me duelen los hombros “¿Qué mochila cargarás?” Me diría una amiga.
Escribo en el celu como ayuda-memoria unas frases sin mucho sentido ni conexión, ideas que se me ocurren a las 23.45, porque tengo ganas de vomitar y no tengo cuaderno.
¿Soy la única mina que le mira el culo a otras minas? ¿Homosexualidad latente? No, el que me conoce sabe que no, pero por ahí lo pensó alguna vez. Digo, ¿Quién tiene su primer beso con alguien del mismo sexo en preescolar?
Barney se enamoró de Robin, era la mejor noticia que me podían dar. Lo amo con todo el corazón. Enamorate de mí.
“No quiero ser el novio de Robin (…) sólo quiero estar con ella, escuchar sobre su día y contarle sobre el mío, quiero sostener su mano y oler su cabello, pero no, no quiero ser su estúpido novio.”
Hay una página de facebook que se llama adultecimientos, tengo todos, desde aconsejar a la gente a que se ponga un saco, pedir café de postre  y preferir juntarme a comer antes que a tomar, pero ya no me deprime, estoy viendo en TCM  una película que no conocía, Mel Gibson tiene como 35 años, significa que no llego a ser lo suficientemente adulta.
Sí, ya llegué a casa. Hamburguesas, Mel Gibson y el dolor de espalda.
-¡Qué laburante!
Me dice una de mis mejores amigas. Y bueno, gracias Perón por el aguinaldo y las vacaciones. Las pedí en enero, así que las voy a tener en febrero. Tengo que ir a OSECAC a darme de alta en la obra social. No tengo ganas, pero realmente, como dijo una rubiecita “me quiero enfermar tranquila”. No me enfermo nunca, pero cuando lo haga voy a estar 3 días en cama con anginas y me tengo que apurar antes de que eso pase…

Tengo muchas ganas de ver la película de Sebastián de Caro, si me vuelve a sonreír así, lo voy a invitar.



jueves, 19 de septiembre de 2013

Fellini

Lo primero que recuerdo es el frío y el agua helada que caía desde el cielo. Toda la caja estaba mojada y yo ya no tenía ganas de maullar. No sé si estuve en la misma posición por horas o minutos, sólo sé que no podía parar de temblar. En algún momento de la noche la lluvia paró y a lo lejos se empezaron a escuchar unos pasos firmes y apurados. Quizás era la única oportunidad que iba a tener. Hice todo el ruido del que fui capaz y esperé, me quedé en silencio y los pasos también cesaron. Pero no sentía que nadie se acercara a donde yo estaba.
Con desesperación volví a maullar y a moverme todo lo que pude dentro de mi caja de cartón. Volví a parar. No había ningún ruido en la calle, ni autos, ni lluvia, ni pasos. Sentí una llave en una cerradura y el sonido una puerta que se abría. Mi miedo aumentó, escuché un golpe y otra vez el silencio.
Clac, clac, clac, clac, claNNN. La tormenta volvía a descargarse sobre mi caja y supe que ése era el final. Hubo un ruido de una puerta abriéndose y pasos corriendo hacia donde yo estaba, de repente me levantaron y me llevaron bajo techo.
Fue entonces cuando lo vi. Abrió las tapas de la caja con delicadeza y con miedo me quedé duro hasta que la luz de entrada del edificio me cegó. Sólo pude ver un pelo negro muy mojado, ojos oscuros  y una nariz ancha.
Lo siguiente que recuerdo fue el calor. Pasé unos minutos en su campera y después intentó frotarme con algo suave, pero cuando empezó a hacerse molesto, comencé a maullar. Me puso arriba de algo seco, en la esquina más caliente de la habitación, cerca de una llamita. Cuando dejé de tener frío, me empezó a doler la panza y me dio algo blanco para tomar.
Me llevó con una mujer con delantal para que me pinchara, me enseñó a hacer pis y me dejó dormir con él cuando aprendí  a no mojar su cama.
A veces estábamos los dos solos, y a veces ella se quedaba con nosotros. No se me acercaba mucho porque empezaba a hacer un ruido raro con la nariz y no paraba más. Después de un par de gritos entendí que no tenía que pasar muy cerca de ella y él empezó a cerrar la puerta de la habitación. Yo me quedaba solo en el sillón, con mi pelota de telgopor y un pañuelo negro.

-¿Te hace muy mal Felli?
-Es increíble que le hayas puesto ese nombre.
-Es un gato, se tiene que llamar Fellini.
-Sí, no sé, salgo de acá y a las dos cuadras no paro de estornudar.
-¡Qué bajón! Bueno, tomá, te estás por olvidar tu pañuelo negro.
-Gracias amor.

Dejó de venir.
Aprendí a subirme a la cama sin ayuda. Cuando él llegaba a casa éramos nosotros dos solos y el departamento todo mío. Dormíamos hasta el mediodía y nos acostábamos a las 4 de la mañana.
Él se la pasaba escribiendo cosas y mirando una caja desde el sillón. Podía estar horas así, en la misma posición, mirando a la gente de la caja moverse. Cuando se quedaba en negro tocaba unos botones y volvía a tener colores y personas adentro. No entendía cómo podía estar quieto durante tanto tiempo, por qué prefería estar sentado mirando gente pasar y no sentir la necesidad de liberarlos. Sólo los escuchaba, no hablaba con ninguno, a no ser que las personas en la caja estuvieran pateando una pelota en un piso verde. Ahí gritaba mucho, pero nadie le contestaba.
A veces se quedaba un rato mirando y tocando una pantalla del tamaño de su mano, cada vez que sonaba, yo intentaba agarrarla pero él no me dejaba. Era otra caja de personas que se movían y le hablaban, pero cuando él decía algo, sí le podían contestar. ¿No era más fácil rescatar a quien sea estuviese adentro y conversar frente a frente?
Dormíamos juntos siempre, y si estaba enfermo yo lo cuidaba.
Una noche llegó ella. Debí haberlo sabido. Recibió un mensaje a la tarde y se puso a buscar ropa nueva, fue al baño y cuando salió, con una toalla por la cintura y una sonrisa en la cara, se puso a tararear una canción. Levantó las medias tiradas, agarró la escoba y se enojó conmigo porque le tiré mi pelota  donde estaba barriendo.
Sonó el celular, me acarició la cabeza y me dijo que en un rato venía. Cuando abrieron la puerta me quedé en una esquina, si la hacía estornudar quizás le arruinaba todo de nuevo.
Pero ella, no era ella, era otra ella. Apenas me vio me saludó. Eso ya era extraño.
Él se fue a la cocina y ella dejó sus cosas desparramadas por el sillón, se sentó en una silla y me miró fijamente, llamándome con las manos.

-¡Es re lindo!
-Tené cuidado porque es traicionero.

Me le acerqué despacio en zigzag , no era cuestión de correr hacia la primer desconocida que me dijera algo lindo. Él le alcanzó un vaso y volvió para la cocina.
No parecía una amenaza, principalmente porque había casi siempre varios centímetros de distancia entre ellos. Cuando se acomodaron para mirar juntos a las personas dentro de la caja, me subí arriba de él y empecé a caminar y a frotarme contra sus manos. Tímidamente ella también me empezó a acariciar y me sorprendió lo  bien que me sentí. Después de dos minutos así,  necesitaba morder algo, así que le dejé un par de marcas y me hicieron bajar.
Cuando terminó la película, no apretaron los botones para que las personas volvieran a aparecer sino que apagaron la luz y empezaron a jugar.  No entiendo por qué se enojan conmigo cuando los muerdo, si ellos cuando juegan también se muerden y se atacan. Se pelearon por todo el departamento, se chocaron con las paredes y llegaron a la habitación. Yo que ya sabía subirme a la cama desde hace unos meses intenté sumarme, pero él me tiró al piso cada vez que lo intenté.  Cuando el juego terminó, prendieron la luz y ella se fue al  baño, después entró él y ella se acostó en mi lugar. Esta vez no me iba a pasar lo mismo. Subí y la ataqué. Pero gritó, y él me echó de la pieza con una zapatilla mientras cerraba la puerta.
No pude dormir en toda la noche, tiré los libros que pude de los estantes y desparramé mi comida por todo el piso. Otra vez me había dejado afuera.
Volvió a venir, una, dos, muchas veces. Siempre que podía la atacaba, le saltaba encima o cuando estaba en mi lugar de la cama nos mirábamos fijamente por minutos. Jugaba conmigo todo el tiempo, me robaba la pelota y me acariciaba, pero en cuanto los rasguños le empezaban a doler un poco me empujaba con un almohadón y se enojaba. Al rato volvía y hacíamos lo mismo.
Nos quedábamos los tres despiertos hasta las 4 de la mañana y nos levantábamos al mediodía. A veces cuando todavía estaban las persianas bajas y el departamento a oscuras, ella se levantaba y desayunaba mientras él dormía. Pero no estaba sola, yo me frotaba entre sus piernas y la mordía un rato  hasta que se iba. Me decía chau y yo iba a ocupar mi lugar en la cama al lado de él.
Venía todas las semanas, de noche, de día, por un par de horas o por todo el día, bailaban por el todo el departamento, cocinaban, cantaban y pasaban horas frente a la caja con personas adentro. Jugaban a veces mucho, a veces un poco, pero nunca más cerraron la puerta del dormitorio. Había un pacto, yo  no los molestaba mientras jugaban y ellos me dejaban dormir en el lugar que quisiera. Funcionaba muy bien. A veces hasta dormía siestas pegado a las piernas de ella.
Después de un tiempo empezó a tardar más en venir y cuando lo hacía estaba por menos tiempo. Pero nunca dejaba de jugar conmigo.
-Creo que no está funcionando.
-¿Vos… me querés?

No me acuerdo dónde quedó mi pelotita. Los dejé en el comedor y me fui a buscarla a la pieza, cuando volví ella se había ido y él estaba sentado en el sillón, prendiendo la caja.
-Vení, Felli, vení.
Subí a su lado y lo miré. Me empezó a acariciar suavemente y me quiso levantar sobre sus piernas. Me quejé, no tenía ganas, lo rasguñé y seguí buscando mi pelota, había perdido mi juguete favorito.
Las próximas semanas empezaron a venir varias ellas. Todas distintas. La colorada venía los martes, la morocha de pelo largo algún que otro jueves, y había una rubia con rulos que se reía muy fuerte y olía a perros que caía cada tanto. Siempre que jugaban me cerraban la puerta, otra vez, la misma historia. Como si no supiese ya cuáles son las reglas del juego.
Empezó a venir más seguido un grupo de personas con las que él se pasaba despierto toda la madrugada abriendo envases. Llovían las tapitas de chapa, mucho mejores que la vieja pelota de telgopor que no hacía ruido.  

Una noche no vino nadie, éramos los dos solos de nuevo. Me habían robado las tapitas y seguía sin encontrar mi pelota. Las persianas estaban entreabiertas y se veía una luz blanca. Era demasiado temprano todavía para dormir pero él ya estaba en la cama. Me sentía mal, hace tiempo que no jugaba con nadie.  Me subí y me acosté mirándolo, ese costado de la cama estaba frío. Fue entonces cuando lo vi, tenía la cara mojada como el día que lo vi por primera vez. Pero no entendí mucho por qué, si hace tiempo que no llovía.

La última vez

La última vez que me puse de muy mal humor  fue ayer a las 17.29 de la tarde.
La última vez que lloré de risa fue el lunes pasado que se llovió la vida, y por Belgrano se veía a 3 chicas caminar debajo de un paraguas. Había una rubia que casi lloraba del frío, la del medio sostenía firmemente el paraguas negro para cubrir la mochila con su tesoro, y la del costado puteaba bajito porque una cuadra atrás se había caído y manchado todo el pantalón con algo parecido a barro.
La última vez que lloré fue de bronca, y la última vez que canté y bailé fue después de mirar una película en mi pieza.
La última vez que fui al cine fue hace como dos meses con una de mis mejores amigas, y nos sorprendió una peli francesa  por la que no dábamos ni dos pesos. Después de una cena extraña y una desilusión un poquito amarga, entramos a una sala con sólo 4 personas más y nos sentamos a esperar. También lloré de risa esa vez.
La última vez que hablé de algo difícil fue hoy antes de almorzar y la última vez que cené pizza y cerveza con amigos fue hace unos 15 días.
La última vez que me reí mucho de mí misma fue cuando por sacar una foto me terminé empapando y con la foto fuera de foco; y la última vez que me apiadé de mi fue cuando en vez de ponerme a hacer un trabajo práctico me senté a escribir las boludeces que tenía ganas de escribir.
La última vez que me corté más de 5 cm fue en el año 2009 y la última vez que hice brownies fue hace unos minutos.                           
La última vez que tomé mate fue ayer en la casa de una amiga, me lo cebé y lo tomé sólo yo,  mientras ella estaba tirada en su cama y las dos hablábamos de cosas que no voy a contar.
La última vez que bajé un cambio fue el martes, cuando se cortó la luz en la Facu, pude ir a casa a escuchar música y se me ocurrió una idea extraña, algo sobre un amor gay. Nada paradójicamente mi amiga de los no-mates se interesó en la historia. Quizás le caiga bien porque termina mal, pero hasta que no esté pulida no se la pienso contar.
La última vez que leí una novela fue hace unas semanas, cuando tuve que suplantar la rayuela por la política comunicacional de los años 30. La última vez que me dieron un beso como el del capítulo 7 fue... JAJA ¿Pensaste que te lo iba a decir?
La última vez que mentí fue cuando dije que me iba a levantar temprano y la última vez que fui muy sincera fue por mensaje.
La última vez que odié a alguien habrá sido en la primaria y la última vez que me sorprendí por amor fue cuando escuché que una amiga dijo que su pareja era como un chupetín de coca y me vi a mi misma de 8 años buscando desesperadamente en una bolsa mayorista por MI chupetín de coca ¿Alguien los volvió a ver? Mi amiga sí.
La última vez que me sentí muy triste fue el lunes a la noche, y la última vez que fui muy feliz fue el martes a la noche.

La última vez que me odié fue en verano y otoño del año pasado y la última vez que me amé fue durante todo este año. 



miércoles, 11 de septiembre de 2013

0800-call center

Me siento frente a la pc, en un costado tengo una tortilla medio fría, a la izquierda tengo un vaso con jugo de pomelo, los de sobrecito, esos que dicen que es el cáncer en polvito, que entre el edulcorante y el colorante estás asesinando suavemente a tu cuerpo. No se si es verdad. Tengo unos amigos que estudian biotecnología y dicen que el aspartamo está comprobado que es dañino en grandes cantidades. No sé. Ellos toman coca cola. Mi abuelo dice que la Coca tiene ácidos que le hacen no se qué a un tornillo. Mi abuelo toma jugo en polvito también.
Yo tomo Coca Cola y jugo en polvito, moriré joven.
En la tortilla hay pedazos de cáscara, casi ni me doy cuenta. Mamá debe estar también en la moda naturalista de Coca Cola life. Devoré todo, frente a la pc. Y si, laburar a la tarde/noche tiene esas cosas. Llegas casi a la 1 cuando la mayoría están durmiendo, a veces con el cerebro un poco quemado  y otras con bastantes ganas de sentarte a escribir lo que te pasa. Qué laburo che. Trabajar de atención al cliente en un call center es, para los que nunca pisaron uno, como discutir con tu pareja por teléfono. Pero involucra menos bronca y resentimiento, en la mayoría de los casos.  
-Hola  ¿Cómo estás? Bien, contenta, en el trab... Sí, en el corto nos fue muy bien, fue un re laburo, pero amé ese fin de semana… sí, ya se que no nos vi… Bueno si pero quedó muy bien, laburamos muchísimo ¿Vos?... Sí, no te…bueno pero estaba a full, ni tiempo de hacer pis tenía… te mandé mensajes cuand… ¿Me estás jodiend…? ¿Cómo que no me conocés? ¿Me estás jodi...? Pero escuc… si no me dejas hab… Si, dale, hablá te escucho a ve… Pero es importante para m… sí, vos también p… ¿Ah, no me conocés…? Bue… Chau.
-Buenas tardes, mi nombre es Rocío, ¿con quién tengo el gusto de hablar? Matías, bien, te pido el número de radio o de tel… ¿Desde el que estás llamando? Perf… … … Sí, antes que nada te pido a nombr… si, a  nombre de quién está la línea… Perfecto, decime ¿En qué te puedo ayudar? Sí, el monto de la fact... ¿No la recibiste? Bueno, dejo constancia de… Sí, ya venció. De acuerdo a tu cuenta siempre tenés el vencimiento… Podías verificarlo con nosotros o en… no sabría decirt… Sí, te estaba por indicar, el monto es… 648, 52. Bueno vos tenés un plan… lo que pasa es que hiciste un cambio de plan… si pero hiciste un cambio a un pla… si pero si hacés más llamadas… clar… si hacés más llamadas de las que vienen en el abono se te cobran a contrafactura. Podés pedir el detalle de llamadas si deseás… ¿Darle de baja? Sí, tenés que generar un preav… y tenés una multa por permanen… Sí, te escucho… no, lamen… lamen… no, no se puede. Mi superior te va a indicar lo mis… tenés un excedente de 300 pesos en llamadas Matías, si controlás el… Bue… hasta luego.
Por lo menos en el call me pagan.
El otro día por internet vi la publicidad de una obra de teatro que se llama 0800-call center. Me dieron muchas ganas de verla, pero no puedo, los viernes salgo muy tarde, para cuando termino de trabajar todas las obras de teatro y recitales mínimamente están por la mitad. Me gustaría ver cómo representan lo que vivo. Sería una obra de teatro de mi trabajo, y seguramente la escribió alguien que pasó por esto, y se dio cuenta, como yo, que hay que tomársela con humor. Digo, la compu nueva y el arreglo de la ventana hay que garparlos de alguna manera.
Me puse a pensar, un call center es un caldo de cultivo para los chismes y hay un par de historias graciosas para contar. Es divertido cuando apenas te sentás, y mientras te acomodás ves la frustración de las personas que están hace unas cuatro horas, y están en medio de una llamada tediosa. No, mentira, no es divertido, porque sabés que algún día el imbancable te puede tocar a vos, y podés estar 40 minutos con la misma persona explicándole las mismas cosas hasta que entienda. Corta, y vos no tenés más saliva para el resto de la década.  
Me acuerdo la primera vez que escuché que golpeaban la mesa y me asusté. Después me acostumbré. Llaman directamente enojados con Mister Empresa, no quieren entender la explicación y no dejan que les hablen. Creo que es más barato llamar a un asterisco que ir a un psicólogo, es una manera de hacer catarsis. Hasta ahora no le pegué a ninguna mesa, y cada vez que escucho que alguno le pega al escritorio para no mandar a alguien a la mierda, me río bajito.
Mi tía una vez me dijo algo, y es que todas las empresas de telecomunicaciones cagan a la gente de alguna u otra manera, y si, es verdad. No sé por qué las personas se siguen sorprendiendo por eso. 
Termino la tortilla y le hablo a una amiga por facebook, antes de irse me pasa un link de música francesa, medio clásica, medio extraña. Bah, la música que le gusta a ella. Es suave y mantiene un ritmo casi melancólico, pero interesante a la vez. Me hace acordar a esas películas “independientes”, filmadas con cámara en mano, con protagonistas complejos y dudas existenciales acerca del amor, la tristeza y la amistad. Esas que te muestran lo que ya sabés, lo dura e injusta que es la vida, qué tan moldeables somos a lo que nos pasa, y dejan una lucecita de esperanza para el futuro, para mirar hacia adelante y apoyarte en lo que te hace bien. Me acuerdo de la última película de ese tono que vi hace unos días, y que puse un mensaje mitad melancólico mitad esperanzador en mi muro, y una de mis primas me dijo que sonaba a publicidad de levité.
Levité pomelo, rosa. Cuando pienso en rosa se me viene a la mente la frase de un compañero de facultad. Se estaba quejando de la “actitud de minita” que copia y pega frases de Cortázar para parecer intelectual, esas frases que por cliché ya no gustan demasiado, justamente porque no lo vemos más a Cortázar, sino que vemos a los que copian y pegan. Hablando de Cortázar, estoy leyendo Rayuela, y me acuerdo de este compañero, y de otra frase más que leí por ahí. Se reproducen por las redes sociales como un virus, las oraciones inteligentes, románticas y las fotos de personas enfermas que van a mejorarse con un “like”. Me acuerdo de todo esto porque leo el libro y de repente siento que una frase ya la digerí hace un tiempo, esa sensación de deja vú. Y no, nada de superpoderes, es que leí la frase en facebook con alguna foto sacada de google de dos desconocidos besándose. Esto es el spoiler de Rayuela prácticamente. Suspiro, miro por la ventanilla qué tan lejos estoy del trabajo y me meto en el libro de nuevo.
Subo por el ascensor, saludo al chico de seguridad, paso la tarjeta por el molinete y si la recepcionista está mirando le dedico una sonrisa. Tengo un locker con un cuaderno y muchas lapiceras. Antes lo compartía con dos chicas pero las echaron. Echaron a mucha gente, hay muchos lockers vacíos.
Paso por la sala de break vacía, ahora pusieron dos lcd, en uno a veces pasan partidos, y en el otro una película o el noticiero. A veces mirar el partido vale la pena, más cuando Feinmann está en la otra tv hablando de Mangieri. O Chiche, el pseudo periodista con su staff de gente calificada hablando de cosas sin sentido, no sabés si habla Chiche o Doña Rosa, o si son la misma persona. Igual desde que estoy en este laburo casi que ni puedo ver un partido entero… A veces salgo de break justo para enganchar 15 minutitos de juego, me tomo un matecocido, como unos bizcochitos, y sufro un poco. Hay otro chico que también es de San Lorenzo, me cae simpático, pero creo que es mufa, siempre que coincidimos en ver el partido perdemos, voy a tratar de salir al descanso cuando él haya vuelto.
Entro al piso y de repente escucho “el murmullo”, un montón de personitas hablando por teléfono a la vez. Quizás es un poco molesto para el que no está acostumbrado…
Cliente: Te estoy escuchando a vos y escucho el ruido de fondo, no se como te podés concentrar…
Operadora de call center: Jaja, te acostumbrás.
Cliente: Me imagino, yo no podría, mataría a todos.
Para mí el peor murmullo es el del patio de comidas, ese sí que lo detesto. El del call es un poco más ameno, menos frío y menos blanco. Si hay algo en el mundo que detesto son los patios de comidas, será porque laburé mucho en shoppings, no se. Hay gente que odia el blanco de los hospitales, yo odio el blanco de los patios de comidas. Hay una banda sonora que nunca se calla, y el aire, es un aire artificial. No me digan que soy la única loca que puede sentirlo. Apenas entrás a un patio de comidas respirás otra cosa, te entra por los pulmones algo antinatural, totalmente preparado y acondicionado. Acá es otra cosa, cuando entrás al piso también sentís el cambio de aire y “el murmullo”, pero en mi fantasía parece un poco más hogareño y simpático. Trato de elegir un box, a veces se puede y a veces no. Generalmente los miércoles y jueves es imposible elegir y me toca el peor; la silla más incómoda, el mouse más golpeado y la vincha más destruida. Nada, cosas del horario. Última en llegar, último lugar. La mayoría de los operadores se van a las 8, y ahí hacés el cambiazo.
Te sentás, te logueás, abrís el mail y mientras leés las novedades esperás a que se haga la hora exacta para marcar “ready”.

- Buenas tardes, mi nombre es Rocío, ¿con quién tengo el gusto de hablar? Antonella, perfecto, te pido un número de teléfono o de radio por favor… ¿A nombre de quién está la línea?

jueves, 29 de agosto de 2013

Dimensiones paralelas


            Cuando tenía 15 años me tocó cursar con una profesora dinosaurio. Ésas que fueron profesoras de padres de alumnos y de profesoras jóvenes y no tan jóvenes. Ésas que en 50 años no cambian su modelo de enseñanza, las que entran al salón en punto, caminan lentamente hacia el escritorio, abren el libro de actas, lo firman, y todo eso, sin que vuele una mosca. Sí, todos sabemos lo que es una profesora dinosaurio, esas que responden al estereotipo de maestra que nunca falta, intachable, arreglada y por qué no, carente de ideas.

Este tipo de profesoras sarmientistas están en todas las disciplinas, biología, lengua, historia y por qué no, matemática. Ahora, cuando están al frente de una materia humanística específicamente, se me revuelve el estómago. Quizás no sea su culpa, quizás cuando fueron a aprender aquello que en su momento debió gustarles, que es enseñar y educar, no les explicaron que repetir como loros no es una buena forma de aprender. Pero eso no es justificativo alguno, porque si hay algo que tienen las profesoras sarmientistas, es tiempo  enseñando. Años y años y años y años ¿Nunca nadie les dijo que los alumnos no estaban aprendiendo nada? ¿Nunca se frustraron con el silencio en clase? ¿Nunca les molestó que nadie preguntara nada?
Se ve que no.
La profesora dinosaurio me tocó en Historia Social General. Vino con su libro de manual que todos compramos, se paró frente a la clase de 35 adolescentes y con voz monocorde comenzó a recitar hoja tras hoja, semana tras semana, en un año en el que muchos odiaron Historia. Probablemente lo que todos recuerden sea lo mismo que recuerdo yo, que la Guerra Fría fue una guerra armamentística y que la Belle Epoque fue un período previo a la Primera Guerra Mundial. Gracias por todo, fin de año, pasaron de grado.
Lo que nadie olvidaría nunca sería la forma de evaluar, pruebas extensas en las que se levantaba a firmar cada hoja en blanco antes de que empezáramos a escribir y lecciones orales todas las clases ¿Algún fin pedagógico como sacarle el miedo a hablar en público a sus jóvenes estudiantes? No, el único fin era repartir unos y hacernos sufrir.
-¿Cómo va a ser esto? ¿Usted va a ir llamando?
-No, pueden ir pasando ustedes ¿Quién quiere pasar?
Si alguien alguna vez se preguntó cómo hacer callar a un grupo numeroso de chicos en un salón, es con esa pregunta.
-Bueno, ya que no pasa nadie, pasá vos que preguntaste.
En esos momentos hasta las risas se vuelven mudas. Anotado como lección de vida: no hacer preguntas estúpidas. Después de esa segunda clase nadie  más habló, nunca. Así que la dinosaurio adoptó otro método, más doloroso y despiadado, sí, todavía más que el dedito acusador. Ahora involucraba un poco de suerte a la elección.
-Bueno, son 35 en la lista, vos, decime un número del 1 al 35.
-36.
Fue demasiado, carcajada general. Y si, pobre chica, nadie sabe cómo reacciona la gente en un momento de tensión.
-Perdón, digo 35.
-¡Silencio! Bueno, vos, decime otro número.
-¿2?
-Perfecto, y vos, decime otro número.
-7.
-Entonces, 35 dividido 2 más 7. Da 24, 5; y como redondeo para arriba da 25, la persona número 25 de la lista es…
Qué pesadilla.
Después del primer trimestre ya todos sabían quién se la llevaba a Diciembre y quién no. Y fue por esas épocas que se esparció un rumor, al parecer la dinosaurio era fiel creyente del dicho “hazte la fama y échate a dormir”. Lo que habían pensado iba más allá del copiarse con el libro abierto escondido entre las piernas y el banco, más allá que calcarle la firma para deslizar una hoja ya escrita con respuestas, lo que pensaron mis compañeros, fue un verdadero acto de rebeldía. Uno de los mejores alumnos, con mucho que perder a esa altura del año, decidió escribir en medio de una larga respuesta sobre el nazismo un pequeño comentario futbolístico. Se sacó un 8. Teoría comprobada. Fue en ese momento en el que descubrimos que además de pedirnos recitar de memoria, con comas y puntos incluídos, no leía lo que escribíamos.
Pese a todo esto, cuando nos juntamos todavía la recordamos con cariño, como esa persona que no nos enseñó nada de historia pero nos dio un par de anécdotas divertidas para recordar cuando estamos en grupo. A los que nos interesó la Historia seguimos carreras  humanísticas o compramos libros por nuestra cuenta, riéndonos de todos los pobres que tuvieran que cursar con ella.
No sabemos bien que pasó, si ella cambió, si los chicos cambiaron, o fue el tiempo. Pero al parecer la dinosaurio habría perdido sus poderes mágicos; ya no habría silencio cuando entra al salón, y ya nadie le tendría miedo ¿Habremos sido nosotros los responsables? ¿Se habrá filtrado lo del resumen del partido de fútbol en la prueba? Difícil saberlo en realidad. Lo que sí  sabemos es que cuando ella se dio cuenta que perdió el poder, se jubiló y se fue.
Mi hermano llegó a tenerla un trimestre, le advertí cómo eran las cosas pero no me escuchó. Quizás pensó que no era en serio porque cuando me enteré que la iba a tener, me reí mucho en su cara y le dije que se preparara, quizás no fui muy convincente. Se sacó un 4 en una prueba y fue una de las notas más altas, así que cuando la dinosaurio preguntó si alguien quería dar oral para levantar la nota, muchos tuvieron que pararse y empezar a recitar. 
Con los años, este tipo de situaciones en las que están todos en silencio esperando no ser llamados no se repitió con frecuencia, no de una manera lo suficientemente traumática como para ser escrita. Hasta la semana pasada. Podría establecerse una analogía entre un call center, donde estamos todos sentados respondiendo las consultas de los clientes de una determinada empresa de telecomunicaciones, y un salón de clases.
Cuando sabés que están haciendo reducción de personal y ves al supervisor caminar de una punta a la otra del piso, pensás que es la dinosaurio eligiendo a quién va a preguntarle sobre la Guerra Civil Española.

Espero que no sea a mí, no me acuerdo qué decía el manual sobre Franco, y no quisiera equivocarme en las frases exactas que tendría que decir para aprobar.


domingo, 18 de agosto de 2013

Microhistorias de colectivo

De Avellaneda hasta allá 1 hora mínimo, por las dudas salgo con una hora y cuarto de anticipación, ir con los minutos contados no hace bien al estrés propio de esta situación.
Con el tiempo descubrí que cuando estoy llegando tarde, es imposible no mirar la hora a cada minuto, pero aún así, con toda la telekinesis de la que soy capaz, no puedo hacer que el colectivo vaya más rápido. E inclusive, existe la posibilidad de que se active la ley de Murphy, esa que dice: “cuando estás llegando tarde, alguien corta la avenida principal, el bondi para en todas las esquinas o agarra todos los semáforos en rojo”.
En este horario no hay mucha gente viajando, la tarde es más para dormir la siesta, mirar telenovelas o estar encerrado en el trabajo, sea oficina, local de ropa o un kiosco. Yo, que estoy en la parada, miro hacia arriba y le sonrío al sol primaveral en invierno. No se si mi estación favorita se adelantó para que no caiga en una depresión de chocolates o el calentamiento global cada vez es más fuerte y mis nietos se van a derretir cuando salgan de picnic.
No sé, y no voy a amargarme al respecto, creo que no lo puedo cambiar demasiado ¡Hay tanta confusión! Que separemos la basura, que cerremos el agua cuando nos cepillamos los dientes. Sí señor vestido de verde, todo eso lo hago, pero las papeleras se multiplican, la minería a cielo abierto tiene una publicidad oficial en la radio y los proyectos de biodiesel que hacen los estudiantes de ingeniería sólo sirven para exposiciones. Bueno, ya me amargué. Volvamos al sol primaveral iluminando mi cara.
Ahí viene. Durante meses vi este colectivo pasar sin pararlo, con cierta nostalgia y la seguridad de que no iba a subirme nunca más. Es algo característico de las separaciones. Un ex ya no es un ex, un ex es el colectivo o tren que tomabas para ir a la casa, la música que escuchaban mientras comían, las películas que vieron juntos en el cine, una voz, una forma de hablar y en estos últimos años, una pequeña foto en facebook, en la ventana del chat.

-Hasta la terminal por favor.
-¡Uf, qué viaje!
-Si
-Hay amor ahí, eh.

Mirar por la ventanilla es como mirar sin mirar, todos miramos, pero en realidad estamos pensando en otras cosas. Hay gente que piensa en conversaciones recientes, situaciones diarias, yo por otro lado pienso mucho en cosas que no pasaron, uso la imaginación para inventar cosas que me gustaría que la gente diga o haga. Situaciones inexistentes, personajes reales. Como si fuese una serie que se reinventa cada vez que subo al colectivo, o a veces si recuerdo como terminó el capítulo anterior puedo construir una continuación interesante.
Esta historia la pensé mil veces, a veces con finales deseables y otras un poco más realistas. Porque lo realista no es siempre lo que deseamos, pero bueno, yo soy dueña de lo que pasa por mi ventanilla mientras dure el viaje.

-Ya sabés como es él ¿Qué esperabas?
-Tiene un hijo ahora, pero el flaco no cambia más.
-Todo el mundo te lo dijo.
-Me lo prometió pero los fines de semana desaparece…

A veces las conversaciones de extraños en un colectivo te sacan de tu eje, vos venías imaginando tu historia, pero captás las palabras de otras personas y sin quererlo quedás pegada a una novela ajena, colorida, pero de otro. Son historias sin rostros que te cautivan por un instante, hasta difuminarse con un ringtone, el timbre, el vendedor ambulante o un grupo inquieto de secundaria que sube a los gritos sacando 7 boletos de $1.50.
En una hora pasan muchas historias en un colectivo.

-No soy sordo, ya tocaste dos veces.
-¿Y por qué no me parás?
-Ahí no es la parada.
-Si ustedes paran donde quieren, bien forros son.
-Dale, andá pibito.

La gente está de mal humor.

-Pero… te dije que estoy viajando… dejá… Ah, y encima me amenazás? Pasame con mamá, pasame YA con mamá. O me pasas ahora o voy y te reviento la cab… ¿Mamá vos me estás jodiendo? Te operaron hace dos días, tenés que… no, no me inte… tenés que… ANDÁ A ACOSTARTE, me importa poco que haya invitado a los amigos, vos está… ¿Eso te dijo? No, dejá, voy y le parto la cabeza, ya está. No, olvidate, me bajo, no, me bajo en tu casa… estab… estaba yendo a lo de Fiorella pero  no imp… no mamá, ahora bajo y la re cago a palos, estás recién… andá a acostarte, beso.

Hablar por teléfono en el colectivo… todos lo hacemos, y todos se enteran de nuestras microhistorias, pero es un viaje en el que somos desconocidos y pocas veces nos importa lo que los demás puedan escuchar, o ver.
Cuando son viajes más rutinarios a veces hay casualidades, para el que crea en ellas… Yo empecé a considerar que quizás existen un día en particular, viajando para la facu.

-Obvio.
-¿Pero vos me entendés lo que te digo?
-Sí, mi amor no te pongás mal, no te hagás malasangre.

Una pareja, una novela poco interesante escuchada al pasar. La recuerdo por otros detalles…
Soy de las que creen en la existencia de la memoria fotográfica, o puede que tenga más facilidad para acordarme algunos detalles y no los nombres. Hay caras que no olvido si me llaman la atención por algo, muchos lugares a los que se cómo viajar pero no sé la dirección exacta, y tampoco una aproximada. Detalles grabados en la memoria como un recorrido, un gorro, una cartera, una textura. En este caso en especial, unas botas tejanas con dibujos extraños y una cartera verde.
Al lado de ella, agarrándola de la cintura y de forma posesiva, un hombre de 50 y tantos, manos gruesas, cara de enojado. Ella parecía despreocupada, o quizás simplemente no quería               pensar en complicaciones a las 9 de la mañana.
¿Yo? Llegando tarde a alguna materia, seguro. Sentada cómoda, casi recostada en los asientos de a uno, cerca de la puerta, mis asientos favoritos. Día largo ese, volví a casa después de cursar por varias horas y de hacer algo más seguramente, que no recuerdo, no debe ser importante. Lo interesante fue que me subí a la misma línea de colectivo que me había tomado a la mañana. Me apoyé en la baranda de discapacitados, mirando sin ver a las dos personas más próximas a mí. Un segundo, quizás dos. Desvié la mirada, recordé, y volví a mirar: botas tejanas con dibujos raros y una cartera verde. Ella estaba pegada a un hombre de unos 30.
Sonreí, era la misma, la memoria fotográfica no falla ¿Qué posibilidades había de tomarse el mismo bondi a la misma hora con la misma persona a la ida y a la vuelta, y además, verla en medio de algo que no debía ser descubierto?
Es en ese momento en que te detenés a pensar si existen las casualidades o son todas causalidades. Conversación de bar o de juntada de amigos a las 4 de la mañana, cuando se terminó el alcohol, o quizás sólo se terminó el alcohol del bueno, y quedan marcas baratas y un mazo de cartas. Entonces todos comentan casualidades extrañas que les pasaron en sus vidas, te ponés a pensar en lo que hubiese pasado sin esa casualidad en el momento exacto ¿Hubiese conocido a esa persona? ¿Y si no la hubiese conocido, hubiera conocido a tal otra? ¿Y si no me quedaba dormida? ¿Y si me anotaba en otra materia seríamos amigos? En fin, esas suposiciones que no llevan a ningún lado y nos dejan con la misma sensación que teníamos cuando empezamos la conversación. No tenemos idea, si existen las casualidades o causalidades, nos miramos entre todos y decimos bueno, no importa, nunca vamos a saberlo, y no sabemos por qué, pero nos conocimos, conectamos, y acá estamos, compartiendo pelotudeces a las 4 de la mañana.

-¿Podés creer que lo único que me dejó es un colchón y la perra?
-JAJAJA
-No es gracioso, estoy durmiendo en el piso con la perra al lado.
-Bueno, así no tenés frío.
-Está re loca, pero mejor, no la quiero ni ver. Se fue con otro, me la juego.
-¿Te parece?
-Y si, se había empezado a arreglar de nuevo, que se yo. Te das cuenta.
-Igual ustedes se vivían peleando.
-No quiero hablar más de ella.
-Bueno, ¿Viste el partido?
-¿Sos boludo? Se llevó el televisor.

Hace un mes redescubrí lo lindo que es leer un libro mientras viajo. Es una buena herramienta para hacer oídos sordos a las historias ajenas o cuando te comen las neuronas las propias historias inventadas. Más cuando se tratan de una persona en particular, con nombre y apellido. A veces esas novelas propias, meditadas en silencio con los ojos perdidos en algún lugar de la ventanilla o del pasado, son más recurrentes para nosotros que el camino a recorrer para el chofer de la línea. Pesadillas del despierto podrían ser.
Leer es un buen método, porque hay momentos en los que ni los auriculares ayudan. Es probable que la lista de temas cuidadosamente seleccionados para distraerte en el viaje no terminen siendo más que la banda sonora de tu pesadilla del despierto. Y ahí te das cuenta lo jodida que estás. Inventás historias a través de la ventanilla, y encima las musicalizás.

Levanto la vista del libro, me alejo de la vida de Montag, y deseo que pueda escapar de esa sociedad extraña, que afirma que para ser felices no debemos leer ni pensar demasiado. En el no pensar, no saber, no leer, estaría la base de lo que todos buscamos constantemente.
Mi filosofía de vida es tratar de no complicarme demasiado, es cierto que si le damos vuelta a un tema varias veces terminamos por complicarnos nosotros y arruinar el tema en sí. Llevo la bandera del “no pensar”, así que esta historia como lectora quizás me ataque directamente. Pero intento justificarme, mi no pensar es mucho más ingenuo, del sentido de “no seamos tan histéricos y veámosle el lado simple a las cosas”. Listo, una vez justificada puedo continuar leyendo.

“Montag sintió que su sonrisa desaparecía, se fundía, era absorbida por su cuerpo como una corteza de sebo, como el material de una vela fantástica que hubiese ardido demasiado tiempo para acabar derrumbándose y apagándose.  Oscuridad. No se sentía feliz. No era feliz. Pronunció las palabras para sí mismo. Reconocía que éste era el verdadero estado de sus asuntos. Llevaba su felicidad como una máscara, y la muchacha se había marchado con su careta y no había medio de ir hasta su puerta y pedir que se la devolviera.”

Eso escribía Ray Bradbury ¿Eso era lo que estaba pensando yo? ¿Para qué iba realmente?
Volví a levantar la vista, y vi que en el colectivo sólo había una chica y yo. Bueno, y el chofer. Eso significaba que me faltaban minutos para bajar. “Hay amor ahí, eh” retumbó en mi cabeza. Y no, justamente era quizás eso lo que  no había más.

Sonó un tema de New Order en el celular de mi única y momentánea compañera, ese que dice I´m waiting for that final moment you say the words that I can´t say. Sonreí y me bajé, había viajado una hora y media por el tráfico, miré la calle con una sensación de final abierto. La letra entera de “Triángulo de amor bizarro” vino a mí como un martillazo mal dado, ese que en vez de dejar el clavo derecho lo tira para abajo y lo desestabiliza. Estaba casi segura que no iba a animarme a decir las palabras, y que él menos, porque iba a esperar que las dijera yo, o porque no las quería decir, o porque no las sentía.
Un abrazo largo, un beso en la mejilla, una breve reseña de nuestras vidas estos meses, un café, tostadas, más anécdotas, todos los libros en el mismo lugar, es decir, desparramados, el mismo sillón, la misma pintura que siempre le había dicho que era fea pero a él le gustaba, el mismo color de las paredes, la puerta vieja de la entrada, el perfume, las mañas, la radio, la sonrisa, la forma de caminar, la risa, los ojos, la mirada, nuevamente otro abrazo largo, el contacto, esa sonrisa de nuevo, la puerta vieja de la entrada. La vuelta.


Era la fantasía de ventanilla más probable que cualquier otra que hubiese pensado por meses. Caminé unas cuadras hasta su casa, deseando que por realista no fuese la realidad.