Su cabeza era un caos, por eso
amaba entrar en ella. Un laberinto de recuerdos y emociones cruzadas, bosques
impenetrables. O como una laguna, que de lejos parece tranquila y poco profunda,
pero una vez que metes el pie, todo se desdibuja, y de repente estás en una
tormenta en medio del mar. Si en realidad me detengo a pensar, nunca pude meter
más que el pie, porque me dio miedo, y porque él no me dejó. Sabíamos que
corría el riesgo de ahogarme, mala mía, nunca aprendí a nadar.
Ahogarse no significa morirse,
pero sí asfixiarse. A veces le tenemos
más miedo a lo que conocimos que a lo que no. Y si hay algo que conozco, es esa
sensación de estar en una burbuja, que te falte el aire, que el corazón se te
acelere y te den ganas de vomitar. Mirar para todos lados en busca de una
salida y sentirse capaz de romper todo a tu alrededor para huir y poder
respirar de nuevo. Claustrofobia.
La Claustrofobia es psicológica,
la tenemos con nosotros desde siempre o desde un momento particular de nuestras
vidas, que nos hizo desesperar y nos dio mucho miedo.
Yo era una claustrofóbica en
potencia, pero nunca lo supe. Esas son cosas que no las sabés hasta que te
pasan. Es como una olla a presión que alguien se olvidó en el fuego. La mía
explotó un día que me di cuenta que estaba atrapada en algo que me hacía mal,
con personas que no me caían tan bien. Las puertas se cerraron y sentí que no
podía respirar más. Se activó en mi una claustrofobia doble, pánico a quedarme
encerrada y sin aire en un espacio reducido, y pánico a quedarme encerrada y
sin aire con alguien en una relación reducida.
Después de darme cuenta de mi
enfermedad, pasé unos 5 meses teniéndole miedo a todo. Si subía a un ascensor,
al subte en hora pico o a un colectivo, tenía que ponerme a cantar en mi mente
alguna canción, la más estúpida que fuera, para recuperar la respiración y
aguantarme las ganas de salir corriendo. Era una sensación horrible, y más
horrible si sólo podía “tapar” mi angustia al encierro con Piñón Fijo. Con el
paso del tiempo ese tipo de claustrofobia fue disminuyendo, aunque tampoco
desapareció.
Si estoy en un ascensor, ya no
cuento los segundos que pasan hasta que la puerta se abra de nuevo, ahora
parezco, hasta inclusive normal. Pero hay algunas manías que no me saqué de
encima. Te das cuenta cuando te cruzás con una persona como yo, porque estamos
siempre cerca de la puerta para escapar en caso de emergencia, es instintivo,
mi primer mirada siempre se dirige hacia la posible ruta de escape. Hasta mido
la contextura física de la gente que se encuentra en la misma habitación, y
cuáles son mis posibilidades de correr y escaparme antes que ellos. Pero ya no
es algo que haga todo el tiempo, sólo en lugares desconocidos.
Con respecto a mi segundo tipo de
claustrofobia, me quedó un pánico tremendo a las formalidades, a las
persecuciones por celular, al contacto constante. En la multitud es fácil
distinguirnos, nos parecemos bastante a
los gatos, que no saben qué hacer con el cariño, y todos los días rasguñan al
dueño, sólo para demostrar que son jodidos y que por más que se dejen acariciar
y sean compañeros, nunca van a dejar de ser lo que son.
Entre nosotros nos reconocemos
más fácil todavía, un claustrofóbico emocional sabe cuando está frente a otro:
Él me abrió la puerta y pasé
tímidamente, hizo una seña con la mano y se fue a la cocina, quizás me había
invitado a sentarme en el sillón. Dudé, quizás sólo había dicho “esperame acá”.
Me quedé sola en el comedor, con una mano en el picaporte y la otra en el
bolsillo. Pero pasaba el tiempo y me sentía tonta tan cerca de la puerta y en
la misma posición.
Suspiré y me saqué la campera,
todavía parada en el mismo lugar. Vino y me trajo un vaso de coca.
-Si la pensábamos mucho no la
hacíamos – me dijo.
Lo miré un segundo, para que no
se diera cuenta que lo estaba midiendo. Como todos los animales, los gatos se
conocen, se miden, y disfrutan estar con alguien que comparte sus códigos, por
lo menos por un rato, hasta que el viento cambia y se les eriza el pelo.
-Está bueno no pensar tanto
–dije, alejándome de la puerta y sentándome en el sillón, lo que ya era
bastante para una claustrofóbica.
Hay algunos mares que son
increíblemente interesantes. Debería aprender a nadar.

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