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jueves, 6 de junio de 2013

Claustrofobia emocional (versión extendida)


Su cabeza era un caos, por eso amaba entrar en ella. Un laberinto de recuerdos y emociones cruzadas, bosques impenetrables. O como una laguna, que de lejos parece tranquila y poco profunda, pero una vez que metes el pie, todo se desdibuja, y de repente estás en una tormenta en medio del mar. Si en realidad me detengo a pensar, nunca pude meter más que el pie, porque me dio miedo, y porque él no me dejó. Sabíamos que corría el riesgo de ahogarme, mala mía, nunca aprendí a nadar.
Ahogarse no significa morirse, pero sí asfixiarse.  A veces le tenemos más miedo a lo que conocimos que a lo que no. Y si hay algo que conozco, es esa sensación de estar en una burbuja, que te falte el aire, que el corazón se te acelere y te den ganas de vomitar. Mirar para todos lados en busca de una salida y sentirse capaz de romper todo a tu alrededor para huir y poder respirar de nuevo. Claustrofobia.
La Claustrofobia es psicológica, la tenemos con nosotros desde siempre o desde un momento particular de nuestras vidas, que nos hizo desesperar y nos dio mucho miedo.
Yo era una claustrofóbica en potencia, pero nunca lo supe. Esas son cosas que no las sabés hasta que te pasan. Es como una olla a presión que alguien se olvidó en el fuego. La mía explotó un día que me di cuenta que estaba atrapada en algo que me hacía mal, con personas que no me caían tan bien. Las puertas se cerraron y sentí que no podía respirar más. Se activó en mi una claustrofobia doble, pánico a quedarme encerrada y sin aire en un espacio reducido, y pánico a quedarme encerrada y sin aire con alguien en una relación reducida.
Después de darme cuenta de mi enfermedad, pasé unos 5 meses teniéndole miedo a todo. Si subía a un ascensor, al subte en hora pico o a un colectivo, tenía que ponerme a cantar en mi mente alguna canción, la más estúpida que fuera, para recuperar la respiración y aguantarme las ganas de salir corriendo. Era una sensación horrible, y más horrible si sólo podía “tapar” mi angustia al encierro con Piñón Fijo. Con el paso del tiempo ese tipo de claustrofobia fue disminuyendo, aunque tampoco desapareció.
Si estoy en un ascensor, ya no cuento los segundos que pasan hasta que la puerta se abra de nuevo, ahora parezco, hasta inclusive normal. Pero hay algunas manías que no me saqué de encima. Te das cuenta cuando te cruzás con una persona como yo, porque estamos siempre cerca de la puerta para escapar en caso de emergencia, es instintivo, mi primer mirada siempre se dirige hacia la posible ruta de escape. Hasta mido la contextura física de la gente que se encuentra en la misma habitación, y cuáles son mis posibilidades de correr y escaparme antes que ellos. Pero ya no es algo que haga todo el tiempo, sólo en lugares desconocidos.
Con respecto a mi segundo tipo de claustrofobia, me quedó un pánico tremendo a las formalidades, a las persecuciones por celular, al contacto constante. En la multitud es fácil distinguirnos, nos parecemos  bastante a los gatos, que no saben qué hacer con el cariño, y todos los días rasguñan al dueño, sólo para demostrar que son jodidos y que por más que se dejen acariciar y sean compañeros, nunca van a dejar de ser lo que son.
Entre nosotros nos reconocemos más fácil todavía, un claustrofóbico emocional sabe cuando está frente a otro:
Él me abrió la puerta y pasé tímidamente, hizo una seña con la mano y se fue a la cocina, quizás me había invitado a sentarme en el sillón. Dudé, quizás sólo había dicho “esperame acá”. Me quedé sola en el comedor, con una mano en el picaporte y la otra en el bolsillo. Pero pasaba el tiempo y me sentía tonta tan cerca de la puerta y en la misma posición.
Suspiré y me saqué la campera, todavía parada en el mismo lugar. Vino y me trajo un vaso de coca.
-Si la pensábamos mucho no la hacíamos – me dijo.
Lo miré un segundo, para que no se diera cuenta que lo estaba midiendo. Como todos los animales, los gatos se conocen, se miden, y disfrutan estar con alguien que comparte sus códigos, por lo menos por un rato, hasta que el viento cambia y se les eriza el pelo.
-Está bueno no pensar tanto –dije, alejándome de la puerta y sentándome en el sillón, lo que ya era bastante para una claustrofóbica.
Hay algunos mares que son increíblemente interesantes. Debería aprender a nadar.




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